Al entrar revisa la cuadra, y se asegura de que no hay nadie, cuando ya ve que está solo saca su teléfono del bolsillo y llama a España. —Buenas tardes, quisiera hablar con la señora Azucena —dice cuando le contestan por la otra línea. —En este momento no se encuentra en la casa señor —le responden. —¿Y usted quién es? —pregunta, acariciando la cabeza de caramelo. —Señor soy Ingrid, ¿Qué tal se encuentra? —Perdón señorita, solo quería saber cómo se encuentra la señorita Keyla —comenta, en un tono desinteresado. —Ingrid, ¿Quién habla al teléfono? —escucha Sanlés, de fondo. —¿Esa es Keyla? —pregunta Sanlés. —Sí señor. ¿Quiere hablar con ella? —Claro que sí —responde emocionado. —¿Por qué me trajo a España? —pregunta Keyla, con la voz aún muy débil. —No tenía mejor opció

