Regresando a la realidad, pienso en otra cosa que no sea Yurik, y despierto de mi sueño abriendo aún más los ojos. De camino al despacho del señor Sanlés, una pequeña sonrisa se dibuja en mi cara, al saber que he vuelto a recordar la voz de mi marido. Antes de entrar al despacho golpeo la puerta, y borro esa sonrisilla. —¿Puedo pasar? —pregunto, abriendo la puerta un poco. —Por supuesto, pasa y siéntate —me responde Adrián en un tono más familiar, a la vez que extiende su mano; para que me siente en un sillón que hay frente a su mesa—. ¿En qué puedo ayudarte? —pregunta una vez que ya me tiene justo en frente. —En nada —respondo muy seria—. Trabajaré para usted —suelto de golpe, precipitándome a sus pensamientos. La cara de Adrián cambia por completo, creo que ni un jarro de agua f

