Como no tenía ganas de discutir ni con él ni con nadie, con toda la paciencia del mundo le pedí que tocara la puerta la próxima vez. —¿Qué necesitas, Hastings? —¿Dónde estuviste ayer? No viniste en todo el día. Le pregunté a tu noviecito y me dijo que no sabía. —¿Eso importa? —A mí me importa. —¿Qué esperas de mí, Ares? Evidentemente no soy de confianza. Y, como dices tú, no me odias. Pero me he dado cuenta de que, cada vez que puedes, intentas destruirme. Creo que mis palabras lo sorprendieron un poco porque se quedó en silencio, sin saber qué decirme. Después de unos segundos, negó, haciéndose el tonto. —No intento eso. —¿Ah, no? ¿Entonces ese “Mi familia te odia y, a diferencia de ti, ellos son importantes para mí” qué era? Frunció el ceño. —Es la verdad. —No, no es la verdad

