-¡Esto es el colmo!¿Cuando aprenderé?¡Me das vergüenza!. ¡Eres una DonNadie!. ¡Fracasada!. ¡No eres digna de ser hija mía!
-Si,madre. Tienes razón. Es el colmo. Durante mucho tiempo he estado tratando de buscar en el mundo, un lugar, un sitio donde tú no quieras, ni puedas meter tu nariz. Pero hoy se acaba todo.
Acto seguido Pádraigín(Podriguín) sacó de su bolso unas llaves y el teléfono móvil.
– ¿Qué es esto? – preguntó, mejor dicho gritó, Maebh(Meiv), la madre y peor pesadilla de Pádraigín.
– ¿No lo ves, madre?– contestó su hija con toda la calma con la que había llevado la conversación hasta ahora – te estoy poniendo todo más fácil.
Tras poner los objetos sobre la mesa del comedor de su tía Gael(Guel), abrió la puerta y, sin mirar atrás, se marchó del humilde estudio en el que vivía esta.
Normalmente, cuando discutía con su madre, Erina se sentía realmente mal, casi con unas enormes ganas de llorar, pero, por alguna extraña razón algo había cambiado esta vez. Esta noche no había ni malestar anímico, ni deseos de llorar.
Maebh, siempre vestida de una forma que ella consideraba “elegante” con un vestido palabra de honor de manga larga y color rosa bebe hizo un ligero mohín de desagrado mientras su hija daba esa prueba de lo que consideraba como “rebeldía de una don nadie”.
Apenas Pádraigín salió por la puerta Maebh se limitó a comentar los eventos de la noche con un:
– No sé porqué arma tanto escandalo. Sin duda no ha aprendido nada de mí, de su maravillosa y bella madre. Sin mí jamás llegará a ningún sitio, ni será nada en la vida,pero... ya volverá. De rodillas y pidiendo mi perdón por este acto de rebeldía.
Era Navidad, unas fechas entrañables para compartir con la familia, ”Familia”, pensó Pádraigín con sarcasmo, “en mi caso sólo tengo un nido de víboras y arpías maniáticas del poder y el control”.
Hacía mucho frio y, para variar, apenas Pádraigín puso un pie fuera del bloque de apartamentos donde se situaba el estudio y residencia de su tía Gael empezó a nevar. Y, a pesar de todo, esta noche se sentía feliz, llena, liberada. Como si se hubiera quitado una venda de los ojos y un gran peso de encima.
No sabía donde ir, ni donde acabaría, pero lo que si sabía era lo que haría. Irse. Irse lejos de todo y de todos. De todo lo que la hacía sentir prisionera y de todos los que creían que nunca lo haría porque según ellos, ella era una cobarde.
– ”Es cierto, las palabras entre ellas habían sido duras, pero no más que de costumbre”– siguió pensando Pádraigín.– “A decir verdad, las únicas veces que no discutían era cuando le seguía el juego a Maebh. La misma historia de siempre.” Nada nuevo para ella.
Sin embargo algo había cambiado esta noche fría. Pádraigín lo sabía, lo presentía. Sus sensaciones, sus emociones...todo se lo decía. Era cierto. Algo había cambiado. En una palabra: Su Libertad.
No le había dicho nada que no fuera cierto: Maebh siempre era exigente hasta el punto que lo quería todo “ahora, ya, en este momento y, a ser posible, para ayer” y siempre se negó a decir lo que realmente pensaba, sobre todo acerca de su hija. Jamás admitía, al menos no en público, que, en su opinión ”había parido a una hija inútil y fea, un fenómeno, incapaz de progresar sin ser la mala copia de su madre”.
Tal vez tenía razón, tal vez se equivocaba...¿Quién sabe?
Bueno, a veces, muy raras veces, por no decir casi nunca, Maebh admitía que su “ordeno y mando” era excesivo, pero nunca hacía nada para evitarlo.
Pero hasta ahí y ya no más.
Mientras caminaba hacia la estación de autobús, Pádraigín se propuso una cosa: ”Validar, en parte, la no expresada opinión que su madre tenía de ella...o refutarla”.
Pensó mucho. En como conseguir lo que quería, en lo que encontraría en su camino,...pero no en lo que dejaba atrás. Eso si que no. Pádraigin sabía que aquellos a los que dejaba atrás tenían su propia vida, sus propias miserias y sus propios demonios con los que luchar. Así que...”¿Porqué preocuparse?¿Que sentido tiene dedicarles un pensamiento al menos?¿Alguno de ellos se paró a pensar en ella?”
Un dicho indio americano dice:”Si algo tiene remedio, no te preocupes, y si no lo tiene...¿porqué apurarse?”. Mientras estaba pensando en todo esto apenas unos minutos después, sonó su móvil, un segundo teléfono móvil que se compró a espaldas de su madre y cuyo número sólo era conocido por unos pocos, ninguno de su familia, por suerte para ella.
– Pádraigín ¿Dónde estás?– preguntó la voz del otro lado del teléfono.
En ese momento bendijo su ocurrencia de no darle ese número a nadie que no fuera un amigo leal y honesto. ”¡Mi viaje!, lo olvidé por completo” pensó la joven con pesar.
Afortunadamente, el teléfono que acababa de entregar en casa de su tía Gael no tenía guardados los números de teléfono de su agente, ni el del trabajo, ni el de su única mejor amiga y casi hermana.
Áine, era la única que sabía de sus habilidades poco comunes, que conocía sus sueños de ser una gran concertista de piano y todo lo que había luchado para obtener su carrera de Criminología, a espaldas de su madre y del resto de la familia.
Si había algo seguro para Pádraigín era que bajo ningún concepto estaba dispuesta a permitir que su “familia” se enterará de que tenía esas “habilidades especiales” y de todo lo demás. Por eso se iba. Para luchar por sus metas y triunfar pesase a quien pesase.
– Áine.-contestó Pádraigín.–¿Estás ya en la estación de autobuses?.–preguntó
Otra idea que bendijo fue el haber llevado esa misma tarde, a escondidas de todos, su única maleta a casa de su mejor amiga. La única que jamás la traicionó yendo con chismes baratos sobre ella y su vida a Maebh, la prestigiosa y cotizadísima ex-modelo y empresaria Maebh Piñarez .
Ella, su amiga Áine, mejor que nadie la comprendía y no puso ni un sólo reparo cuando le pidió de favor que guardara su maleta en su casa y que la llevara con ella cuando llegara el momento de salir rumbo a la estación.
– Si.
– En seguida estoy allí.
– Vale– contestó Áine.
Acto seguido, Pádraigín cerró el móvil y en la pantalla de este se mostró la imagen de unos vampiros junto a un dragón. Un regalo de Áine, de cuando esta estudiaba Diseño Grafico.
A Pádraigín siempre le fascinaron los dragones, por su sabiduría tan ancestral como el tiempo, y los vampiros, por su magnetismo sobrenatural y sus habilidades tan extraordinarias como las que ella poseía. Ellos las llamaban “dones”.
Y su amiga, que compartía esa fascinación, quiso demostrarle que su amor por la fotografía sólo podía compararse al amor que Pádraigín siente por la música.
Afortunadamente no estaba lejos de la estación de autobuses, así que tras cerrar el móvil, la joven caminó una calle más para llegar y tras conversar unos minutos con su amiga Áine y Thomás, el novio americano de Áine, se subió al autobús con su equipaje y partió rumbo a su nueva vida.