El trinar del metal en contacto con el platón de cerámica donde dejábamos las llaves de la casa, del coche y poco más, resonó en la estancia de la entrada. Inspiré hondo y el aroma de la comida inundó mis fosas nasales. A pasos cortos, me encaminé hacia la cocina, donde seguro la encontraría. En el trayecto, me desanudé la corbata celeste, y me quité los primeros botones de la camisa, así como dejé la americana sobre el sofá blanco y mullido de la sala. Desde el arco que creaba una pequeña división entre el comedor y la cocina, la contemplé, apoyándome en el pilar que se redondeaba hacia el techo. Sonreí al admirar su figura y me quité la corbata lanzándola junto a la americana. Me relamí, mis ojos repasaron sus pies descalzos, sus pies níveos, suaves y delicados que siempre tenía bie

