Estaba en la facultad, revisando algunos trabajos cuando ella entró buscando a un catedrático con el que compartía oficina. En ese entonces, la facultad no había ampliado el área del profesorado y tenía que compartir la oficina con el profesor Anderson, cosa que detestaba, porque el viejo Anderson era bastante quisquilloso, al punto en el que me hacía botar los aromatizantes porque le «causaban» irritación en la nariz, y claro, no le podía decir nada cuando llevaba su comida bien condimentada y comía dentro de la oficina inundando el cubículo con ese aroma a especies y ajo que no se iba por más que hiciera para ventilar la habitación. Julieta llamó a la puerta antes de entrar y, con su voz melodiosa me preguntó por Anderson. No estaba y no sabía cuándo iba a volver, pero sus ojos del colo

