Su palma acarició mi barba y cerré los ojos por un segundo, reteniendo en mi cabeza su bella estampa. Tenía el cabello alborotado, más mechones salían de su moño, sus ojos chispeaban en tonos dorados y avellana que despertaban mi lado más amable, pese a que sus labios rojos y magullados me recordaban el beso voraz que nos estremeció, que removió la tierra bajo nuestros pies. Tenía las mejillas y el torso sonrojados, sus pechos descubiertos y alzados por las copas bajadas del sostén que los exponían a mis deseos más carnales. Mi cadera y erección a centímetros de su sexo, de sus piernas descubiertas que estaban en medio de mis rodillas que presionaban el borde de la cama. ―Dímelo, Julieta, mi Julieta… Dime lo que quieres que haga, dime si te vas a entregar o quieres que me detenga, dímelo

