―¿Qué…? ―pregunté sin pensar, mi boca moviéndose sola. ―Llevo un rato preguntándote algo y te has quedado mudo, sin responderme, ausente ―indicó con gravidez, no estaba precisamente ofendida solo extrañada. Casi nunca me perdía de lo que decía, o al menos trataba de seguir su charla, pese a que, en ocasiones, cuando me esperaba con poca ropa, como en esa vez, mi cerebro se hacía papilla. Sabía que lo hacía a posta, que la lencería la compraba para provocarme, no porque fuera cómoda, y le gustaba mantenerme en vilo durante la cena, quizá hasta ver una película antes de que mi bestia interior se desesperaba y no la dejaba irse de entre mis brazos. Tragué saliva y me relamí. ―Es que… ―traté de decir algo, sin embargo, no pude, mis pupilas bajaron a sus pechos cada vez más transparentes,

