Así que… ―¿Quieres que te alivie, mami? ―inquirí con fingida inocencia cuando sus ojos buscaron los míos y el calor flameó en sus iris dorados, en sus pupilas dilatadas. Tragó saliva y asintió sin poder hablar, presa de la locura que nos unía, de esas largas sesiones en las que el tabú y la conscupiscencia nos hacían cumplir un papel que, en realidad, ninguno de los dos se creía, no en realidad. Pese a que sus orgasmos se hicieron más tentadores, pese a que sus ojos se quedaban en mi rostro cada vez que me alimentaba de sus tetas, no me dejé llevar por el ardor que quemó mis entrañas, no podía. El tiempo pasó, me ayudé de mi debilidad para fortalecer mi mente, para no sobrepasar el juego y saltar al paso final. Antes de avanzar, tenía que enloquecerla. No podía permitir que su timidez,

