Laxa, lo abracé, me aferré a su espalda grande, a sus hombros definidos y, pese a que sabía que solo era una ilusión, me sentí pequeña y delicada sobre sus piernas. ―Me cogiste ―susurré. ―Sí… Lo hice ―afirmó con la voz suave. Me separé con pereza y lo miré entre las pestañas. Su rostro juvenil me tomó por sorpresa, sus mejillas se sonrojaron, su boquita se apretó en un mohín dulce que torció mi estómago de ternura. Le acaricié la mejilla. ―Prométeme que no lo volverás a hacer ―pedí, no solo porque no era bueno para nuestra relación, sino porque sabía que solo lo hizo por mero impulso, por lasciva curiosidad. Ladeó la cabeza y sonrió. ―Lo prometo. Alzó la mano como si eso fuera suficiente para aceptar su palabra, pese a que sus ojos brillaron de una forma extraña. Aspiré hondo y, co

