Chillé y negué con la cabeza, con un ojo cerrado a causa del dolor y el otro abierto. Sonrió y soltó mi botón moreno para lamerlo y volverlo a meter a su boca para saciarse con mi leche que no dejó de salir y le empapó su níveo cuello y pecho. No pareció importarle, al contrario, su alegría y excitación fueron contagiosas. ―¿Me dejarías hacerlo otra vez? ―preguntó con curiosidad, con esa mirada brillante capaz de desarmar una bomba―. ¿Podrías amamantarme hasta que me harte de tus tetas? ―¿Qué? ¡No! Jadeé gracias a que volvió al ataque. Sonrió y llevó una mano a mi ubre para apretarla y que saliera más leche, como si necesitara tal estímulo. Un rayo me atravesó cuando me movió más cerca de su cuerpo, cuando su latente erección salió a flote, me abrió los labios vaginales y juntó mis pec

