―Estoy… haciendo el desayuno…, bebé. Ve a sentarte para que mami pueda trabajar ―jadeó entrecortada y un largo suspiro salió de sus labios cuando deslicé las manos de su vientre y la toqué un poco más de lo que debería. Me mordí el labio para contener la emoción y retrocedí sobre mis pasos para sentarme frente a ella. Volvió la cabeza, sin hacerlo por completo, y me admiró con reticencia, con ardor, en medio de sus pestañas rizadas y maquilladas. Se había arreglado, y dudé que lo hiciera por papá, él ya no le interesaba, de hecho, el viejo dejó de ser su prioridad, al punto de que no sabía que sus pechos lactaban. Le sonreí, aun cuando mis ojos entornados no exteriorizaron el mismo sentimiento que mi boca que le mostró mis colmillos afilados. Gimoteó y sacudió la cabeza. ―¿Me necesita

