Vamos, mami, dale a tu pequeño lo que siempre quiso… déjame convertirte en mi mujer, deja que explore tu sensible piel y tu coñito dulce. Sus ojos resplandecieron, el dorado de sus iris brilló con un halo celestial que me hizo bramar ante su inocencia, ante la forma en la que se estaba doblegando ante mis pecados, sin comprender cómo terminamos en esa tesitura, el engaño en el que nos sumergí. Ya la tenía, lo vi en sus ojos cuando me enderecé, cuando me senté sobre ella sin poner mi peso sobre sus piernas, cuando tomé su carita con mis manos grandes y la hice alzar la cabeza para que me viera a los ojos. ―Tu pequeño te necesita, mami ―musité y me acerqué a sus labios, sus labios sensuales que no probé antes. Sus ojos me buscaron con ansiedad. La miré por un instante en el que todo lo d

