―Tengo que aliviar a mami, ¿verdad? ―inquirí retorico, burlón. Asintió y me dejé caer sobre sus labios, esa vez, para besarla con ansias y reconocimiento, sabiendo bien lo que quería, la bestia que necesitaba que fuera. La besé con ímpetu, dominé su pequeño y voluptuoso cuerpo bajo el mío. Mordisqué, lamí y succioné su boca, sus labios, su lengua suave. La hice lloriquear, removerse, buscar el cobijo del calor de mi piel. Descendí, pero esa vez no demoré en besar su cuello, en mordisquear su curvatura para marcarla, no. Me deslicé sobre su figura hasta caer hincado entre sus piernas, justo como la necesitaba para tenerla a mi completa disposición. Besé sus pechos, ericé su carne, espoleé sus pezones con mi tumultuosa respiración. Degusté el dulce elíxir que empapó su areola y recorrí c

