No iba a decirle nada con él presente, no quería alertarlo, en especial porque mi voz enronquecía al llamarla de esa manera y no sabía cómo lo podía tomar mi progenitor. A la semana y media, tal vez un poco más, una mañana, me desperté sofocado, sin poder respirar, con las manos y pies entumecidos, entre inhalaciones estertóreas y exhalaciones entrecortadas en las que salía mi aliento en pequeñas nubes de vaho que se disolvían con rapidez. Tenía el pulso reventándome los tímpanos, estaba helado y mis manos carecían de color. Traté de llamarla, de hacer que alguien acudiera a mi ayuda, sabiendo que me faltaba poco para desmayarme y entonces, no la contaría. El doctor me lo advirtió. Podía ser una causa, podía ser un efecto ocasionado por el nuevo tratamiento. El estómago se me cerró, el

