Capítulo 2: Contratada.

1889 Palabras
Narra Sebastián El día comenzó más lento que de costumbre. El cielo de Madrid estaba cubierto por una capa espesa de nubes que presagiaban lluvia, y el aire olía a tierra húmeda, a cambio. Siempre he creído que los días grises son buenos para tomar decisiones; te obligan a mirar hacia dentro, a pensar con claridad. Tomé mi taza de café y me quedé de pie frente al ventanal del despacho. Desde aquí se ve toda la ciudad; el tráfico que nunca se detiene, los peatones que corren sin mirar atrás, los edificios que parecen competir por alcanzar el cielo. —Señor Ellison —la voz de Camila interrumpe mis pensamientos—. La señorita Carter está aquí para la segunda entrevista. No sé por qué, pero he estado pensando en ella más de lo que quisiera admitir. No fue la mejor candidata ni la más preparada, pero su presencia dejó algo en el aire. Una sensación familiar que no sé de dónde proviene. —Hazla pasar —digo, dejando la taza sobre el escritorio. Camila asiente y sale. Me acomodo la corbata, cierro un documento en el ordenador y tomo la carpeta con su currículum. Clara Carter, veintiséis años. Estudios administrativos, experiencia media. Nada fuera de lo común. Cuando la puerta se abre, ella entra con paso cauteloso, aunque intenta mantener una postura segura. Lleva un conjunto sencillo, una blusa color crema y una falda negra que cae justo por debajo de la rodilla. Su cabello oscuro está recogido, y sus ojos —marrones, profundos— se detienen en los míos solo por un segundo antes de desviarse. —Buenos días, señor Ellison. Su voz es suave, algo temblorosa, pero hay determinación en su tono. —Buenos días, señorita Carter. Tome asiento, por favor. Ella obedece, y el silencio se instala entre nosotros unos segundos. Puedo escuchar el sonido del reloj, marcando el tiempo con una calma irritante. —¿Cómo se siente hoy? —pregunto para romper el hielo. —Bien, gracias. Nerviosa, un poco —admite con una sonrisa tímida. No muchos candidatos se atreven a decir eso. Casi todos fingen seguridad, como si fuera pecado mostrarse vulnerables. Pero ella no lo oculta, y eso me llama la atención. —Está bien estar nerviosa. Las entrevistas suelen ser incómodas —respondo, cruzando las manos sobre el escritorio—. Pero no se preocupe, esto será rápido. Ella asiente. Sus dedos se entrelazan sobre su regazo, y sus uñas, pintadas de un tono natural, golpean suavemente una contra otra. Pequeños gestos que delatan su ansiedad. Reviso sus respuestas de la primera entrevista. Ordenadas, claras. Nada extraordinario, pero consistentes. —Dígame, Clara, ¿qué la motivó a postularse aquí? —Bueno, cuando vi la vacante, empecé a investigar la trayectoria de su empresa y… Me gusta la manera en que creció, la forma en que se enfocan en la innovación sin perder el trato humano. Levanto la mirada. Pocos candidatos mencionan eso. La mayoría solo habla de cifras o prestigio, pero ella… —¿Y qué sabe de lo que hacemos exactamente? —pregunto con curiosidad. —Ellison Group trabaja en consultoría empresarial, también en desarrollo de proyectos, creación de productos de diferentes tipos y expansión de marcas internacionales —responde sin dudar. Camila, que está sentada a un lado tomando notas, levanta una ceja con aprobación. —Correcto. —Me inclino hacia atrás—. Veo que ha investigado. —Siempre lo hago antes de aplicar a un puesto —responde, y una leve sonrisa asoma en sus labios. Esa sonrisa. No sé por qué, pero hay algo en ella que me resulta... conocido. Es como si ya la hubiera visto antes, en otro lugar, en otro tiempo. Intento no pensarlo demasiado. —¿Por qué cree que deberíamos elegirla a usted y no a otro candidato? —pregunto, bajando la voz. Ella me mira a los ojos por primera vez. Su mirada es intensa, llena de algo que no sé definir. Nostalgia, tal vez. —Porque… —respira hondo—. Porque sé lo que es trabajar duro sin que nadie crea en ti. Y porque cuando alguien me da una oportunidad, no la desperdicio. Silencio. Sus palabras me golpean de una forma extraña, como si tocaran algo que tenía dormido. Hay sinceridad en su voz. Y también un dejo de tristeza. Asiento lentamente, sin dejar de observarla. —Está bien, señorita Carter. Creo que eso es todo por hoy. Ella se levanta con cuidado, recogiendo su bolso. Sus dedos tiemblan ligeramente. —Gracias por el tiempo, señor Ellison. —Camila le contactará pronto —digo, tratando de sonar neutral. Cuando se va, mi oficina queda otra vez en silencio. Pero el silencio esta vez no se siente igual. Algo cambió. No sé qué, pero cambió. Camila cierra la carpeta y se vuelve hacia mí. —Parece que le gustó la candidata —dice con una sonrisa que conozco bien. —No es eso —respondo, aunque no estoy seguro—. Solo… me pareció diferente. —Diferente cómo. —No lo sé. Tiene algo, creo que ella es la indicada, pero tengo dudas aún. Camila se encoge de hombros. —Como usted diga. Aunque, si quiere mi opinión, sería buena opción. Se nota que tiene iniciativa. —Tomo nota —respondo, y me recuesto en la silla. Camila sale del despacho. Yo me quedo mirando el lugar donde ella estuvo sentada. La silla, el espacio vacío, el aroma suave de su perfume que aún flota en el aire. ¿La conozco de antes? Sacudo mi cabeza y me concentro de nuevo, eso es imposible. A la hora del almuerzo, Andrés aparece en mi oficina con dos cafés y su habitual aire relajado. —¿Cómo van las entrevistas, jefe? —Terminadas —respondo. —¿Y? ¿Encontraste a tu asistente ideal o seguimos en búsqueda del Santo Grial? —Tal vez la encontré —digo sin pensar. —Ah, ¿sí? —se sienta frente a mí, curioso—. ¿Y quién es la afortunada? —Clara Carter. —¿Y qué tiene de especial? Me quedo callado un segundo. —No lo sé. Pero hay algo en ella que me inspira confianza. Andrés me observa con una sonrisa escéptica. No dice nada, pero esa sonrisa lo dice todo. —No empieces. —Solo digo. —Andrés —le advierto. Él levanta las manos, divertido. —Está bien, está bien. Pero si la contratas, asegúrate de que sea por su capacidad, no por sus curvas, no queremos distracciones y menos con el nuevo proyecto. —Siempre lo hago. Bebe un sorbo de su café y me estudia. —Fuera de bromas, Sebas, te vendrá bien tener a alguien nuevo. Este proyecto va a exigirnos mucho. —Lo sé. Y quiero a alguien que esté a la altura. —Entonces sigue esa corazonada. No sueles equivocarte cuando confías en tu instinto. Me quedo pensando en eso. Tal vez tiene razón. Mi instinto ha sido mi mejor aliado desde que empecé. Y algo en mi interior me dice que esa mujer no entró a mi vida laboral por casualidad. El sonido de mi teléfono me saca del trance. —¿Sí? —Señor Ellison, ¿quiere que le confirme a la señorita Carter para el puesto? —pregunta Camila desde el otro lado. Miro la carpeta sobre el escritorio. Su nombre está subrayado en tinta azul. —Sí, confírmelo. Empieza el lunes. —Entendido. Esa noche, al llegar a casa, dejo el maletín en el sofá y me sirvo un whisky. Las luces de la ciudad se filtran por las cortinas. Todo estaba en silencio. Mientras bebía mi trago, llevaba mi maletín hacia mi despacho, pero en un mal agarre lo dejé caer y todo lo que estaba en su interior cayó al suelo. —Carajo —solté de mal humor dejando mi trago en una repisa para inclinarme y recoger todo. Tomé los papeles que se había salido de sus carpetas y entre esos, vi el currículo de ella, de nuevo. —Clara Carter —susurré. Hay algo en ese apellido que también me resulta familiar. ¿Dónde lo escuché antes? Nada. Mi mente es un muro en blanco. El lunes llegó con puntualidad. Era de esos días en los que el cielo parece más claro de lo normal, como si el mundo intentara decirte que algo importante está por comenzar. Llegué a la oficina antes de las ocho, con la rutina en automático; saludo al guardia, ascensor, piso veintidós, olor a café recién hecho. Todo igual. Excepto por un detalle; hoy, una nueva asistente ocupaba el espacio al lado de mi oficina. Camila me interceptó apenas crucé el pasillo. —La señorita Carter ya llegó. Está acomodando sus cosas. Asiento. —Bien. Luego de que revise los informes de esta mañana, pasaré a darle la bienvenida. —Perfecto —dice ella, con una sonrisa. Entro a mi despacho, dejo el maletín sobre el escritorio y enciendo el ordenador. Pero, por alguna razón, mi atención no se queda en la pantalla. A través del vidrio translúcido que separa las oficinas, puedo ver su silueta moviéndose. Ordena papeles, acomoda una planta pequeña sobre el escritorio, limpia con cuidado la superficie antes de colocar el ordenador portátil que le asignamos. Hay algo meticuloso en su forma de hacerlo, como si ese pequeño espacio significara mucho más que un simple lugar de trabajo. Pasados unos minutos, decido acercarme. Toco suavemente el marco de su puerta. —Buenos días, señorita Carter. Ella se sobresalta un poco antes de sonreír. —Buenos días, señor Ellison. —Veo que ya se ha instalado. —Sí, casi todo listo. Camila fue muy amable al mostrarme todo. —Me alegra —respondo, cruzando los brazos mientras observo el espacio. La oficina contigua a la mía siempre fue un lugar impersonal, pero con ella dentro parece distinta. Hay un aire cálido, doméstico incluso. Y es entonces cuando lo veo; una pequeña fotografía enmarcada junto al monitor. Me acerco sin decir nada. La imagen muestra a un bebé, con una sonrisa tan amplia que ilumina la foto. Tiene unos ojos enormes y curiosos… y un mechón de cabello oscuro que se levanta en punta. —¿Es su hijo? —cuestioné haciendo que ella levantara la mirada. La mujer toma la foto y la gira más hacia ella, la veo un poco tensa o quizás apenada. —Sí, es mi… mi hijo —dice de inmediato, con un tono entre disculpa y nerviosismo. Asentí reparando lo demás que tenía en su escritorio. Hay un silencio breve. La observo mientras acomoda un par de carpetas, evitando mi mirada. —En el transcurso del día firmaremos su contrato formal —le digo finalmente—. Camila le indicará la hora exacta. —De acuerdo. —Y si necesita algo, puede comunicarse directamente conmigo o con ella. —Gracias, lo haré. Asiento, pero mis ojos se detienen otra vez en la fotografía, pero esta vez no pude ver nada. Camino hacia la puerta, dispuesto a irme, pero antes de salir vuelvo a mirarla. Ella sigue ahí, enfocada en organizar sus papeles, pero su respiración parece temblar. No sé si por nervios, o por algo más. —Bienvenida al equipo, Clara —digo, antes de cerrar la puerta.
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