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La Reina Cautiva de la Mafia

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oscuro
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matrimonio bajo contrato
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forzado
los opuestos se atraen
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pelea
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Oficina/lugar de trabajo
pequeña ciudad
crush de la infancia
selfish
villain
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intro-logo
Descripción

Gabriele es el hombre más temido de Italia. Como rey de la mafia, su mundo se rige por la venganza, el control absoluto y una piedad que brilla por su ausencia. Para él, el amor es solo una debilidad... hasta que sus ojos se cruzan con los de Sophia Vélez. ​Sophia es la personificación de la inocencia. Una chica humilde que lucha por salir adelante tras la muerte de su madre, encontrando refugio entre el aroma a dulce de su repostería. Ella no pertenece al mundo de las sombras, pero el destino —o la obsesión de un hombre que no acepta un "no" por respuesta— la arrastra directamente al corazón del imperio de Gabriele. ​Lo que comenzó como un encuentro fugaz en una tienda de dulces se convierte en una cacería implacable. Secuestrada y obligada a vivir en una jaula de oro, Sophia deberá decidir si luchar contra el monstruo que la reclama como suya o rendirse a la peligrosa pasión que comienza a arder entre ambos. ​En un mundo donde la lealtad se paga con sangre y el deseo es una sentencia de muerte, ¿podrá la luz de Sophia ablandar el corazón de piedra del rey, o terminará ella destruida por la oscuridad de su amor? ​Una historia de posesión, secretos y un amor prohibido que desafía las leyes de la mafia.

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Dulces y Sombras
Narra Sophia ​El sonido estridente del despertador perforó el silencio de mi pequeña habitación a las 5:30 de la mañana. Solté un quejido sordo y hundí el rostro en la almohada por unos segundos, disfrutando del último rastro de calor de las mantas. Sin embargo, la emoción fue más fuerte que el cansancio. Hoy no era un día cualquiera. Hoy era mi primer día oficial en "Dulces Suspiros". ​—Vamos, Sophia. Arriba —me susurré a mí misma con una sonrisa. ​Me levanté y caminé hacia el pequeño baño. Al mirarme al espejo, vi las ojeras ligeras producto de los nervios de la noche anterior, pero mis ojos brillaban. Me duché con rapidez, sintiendo el agua fría despertar cada uno de mis músculos. Al salir, envuelta en una toalla, busqué mi uniforme: una blusa blanca impecable y un delantal color crema. ​Mientras me vestía, mi mirada se posó en la fotografía que tenía sobre la cómoda. Mi madre. Hacía apenas un año que se había ido, dejando un vacío que a veces me impedía respirar. Una infección se la llevó en pocos días, a pesar de que no me separé de su lado ni un segundo. ​—Deseame suerte, mamá —murmuré, lanzando un beso al aire—. Sé que me cuidas desde allá arriba. ​Sobre mi padre, prefería no pensar. Nos abandonó cuando yo tenía diez años por otra mujer. El recuerdo de su espalda alejándose era lo único que conservaba de él, así que María y Leonardo, mis mejores amigos, se habían convertido en mi única familia. ​Desayuné una tostada rápido, tomé mis llaves y salí del apartamento. El aire de la mañana estaba fresco. ​—¡Buenos días, doña Rosa! —saludé a mi vecina, que barría la entrada. —¡Suerte en tu primer día, niña! —me respondió con una mano alzada. ​Caminé con paso firme hasta llegar a "Dulces Suspiros". El lugar era encantador: una mezcla de repostería artesanal y café acogedor, con paredes de ladrillo visto y un aroma a canela y azúcar que te abrazaba nada más entrar. ​—¡Buenos días a todos! —exclamé al entrar, contagiando mi energía a mis nuevos compañeros. ​La jornada fue intensa. Entre pedidos de cupcakes, cafés con leche y entregas especiales, el tiempo voló. Me encantaba la sensación de decorar los bizcochos, de ver la cara de satisfacción de los clientes. Sin embargo, para las tres de la tarde, mi estómago rugía. No había parado desde las siete y media de la mañana. ​—Sophia, ve a tomar tu descanso —me dijo mi jefa—. Te lo has ganado. ​Justo cuando me daba la vuelta para dejar el mostrador, la puerta de cristal se abrió y el sonido de unas botas pesadas contra el suelo de madera me hizo detenerme. Un aura de autoridad y peligro pareció llenar el local de golpe, bajando la temperatura varios grados. ​Me giré lentamente y me quedé sin aliento. Frente a mí había un hombre imponente, vestido con un traje que gritaba dinero y poder. Sus ojos eran fríos, analíticos, y su mandíbula estaba tensa. Era el hombre más guapo que había visto en mi vida, pero también el que más miedo me había inspirado sin decir una sola palabra. ​—¿Chi fa i biscotti? —preguntó con una voz masculina, gruesa y vibrante. ​Me quedé en shock. Sus palabras sonaron extrañas, melódicas pero exigentes. No entendía nada. Me quedé mirándolo como una tonta, perdida en la intensidad de su mirada, hasta que él frunció el ceño, impaciente. ​—Le acabo de hacer una pregunta —dijo, esta vez en un español perfecto pero cargado de arrogancia—. Y me gusta que me respondan cuando pregunto. ​Sentí que el rostro me ardía de la vergüenza. Sacudí la cabeza para salir de mi estupor. ​—Disculpe, señor... es que no hablo italiano —respondí, tratando de que mi voz no temblara. ​Él me recorrió con la mirada, de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en mis labios. Una chispa de algo que no supe identificar brilló en sus ojos oscuros. ​—Pregunté quién hace los bizcochos —repitió, cruzándose de brazos. ​—La jefa hace la mayoría, y yo también ayudo con la repostería —contesté, enderezando la espalda—. ¿En qué puedo ayudarlo? ¿Desea ordenar algo? ​—Bien —dijo él, dando un paso más hacia el mostrador, invadiendo mi espacio personal—. Quiero un bizcocho de dos pisos. Uno de chocolate y otro de vainilla. Debe ser de princesa, para una niña que cumple dieciocho años. Y tiene que quedar perfecto. ​Sacó un teléfono de su bolsillo y me mostró una fotografía de un diseño sumamente complejo, lleno de detalles en oro comestible y flores de azúcar. ​—¿Puede hacerlo o debo buscar un lugar más profesional? —me desafió con la mirada. ​—Podemos hacerlo, señor —asentí, tomando nota rápidamente en mi libreta—. Quedará exactamente igual. ¿Para qué fecha lo necesita? ​—¡Para el viernes! —sentenció. ​—Estará listo para el viernes a las dos de la tarde —le aseguré. ​Él no se movió de inmediato. Se quedó allí, observándome con una intensidad que me hizo sentir como si me estuviera desnudando con la mirada. Sentí un escalofrío recorrerme la columna, una mezcla de miedo y algo eléctrico que nunca había sentido. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió del local, dejándome con el corazón latiendo a mil por hora. ​Narra Gabriele ​El despertador no es necesario para un hombre como yo. El deber y el peso de mi apellido me mantienen despierto desde antes de que salga el sol. Me levanté de la cama de sábanas de seda negra y me dirigí al baño. Al salir, me puse ropa deportiva. Este cuerpo no se mantiene solo, y en mi mundo, la debilidad física es una sentencia de muerte. ​Entré en mi gimnasio privado y descargué mi energía contra el saco de boxeo. Hoy tenía una agenda llena: reuniones con socios, problemas en el puerto y lo más importante, los preparativos para el cumpleaños de mi princesita, Bella. Ella es lo único puro que queda en mi vida, y le daría el mundo entero si me lo pidiera. ​Después de una ducha rápida y de ponerme uno de mis trajes a medida, llamé a Roi, mi mano derecha. ​—Roi, consígueme las cinco mejores reposterías de la ciudad. Ahora mismo. ​Estaba en medio de una llamada con un socio de Rusia cuando Roi entró en mi despacho con un sobre de cuero. Colgué sin dar explicaciones; nadie me cuestiona. ​—Aquí tienes lo que pediste, Gabriele —dijo Roi, sentándose frente a mí. ​Abrí el sobre y mis ojos se detuvieron en una en particular: "Dulces Suspiros". Tenía buenas reseñas, pero lo que me llamó la atención fue la ubicación. Estaba en una zona tranquila, lejos de mi caos habitual. ​—Nos vemos en la noche en la disco, Roi —le dije, levantándome—. Voy a resolver este asunto del pastel personalmente. ​Conducir por las calles de la ciudad en mi camioneta blindada siempre me daba tiempo para pensar, pero hoy mi mente estaba extrañamente inquieta. Me estacioné frente al local y entré. El olor a dulce me recibió, un contraste violento con el olor a pólvora y tabaco al que estoy acostumbrado. ​Entonces la vi. ​Estaba de espaldas, atendiendo la caja. Se veía sencilla, con un uniforme que no lograba ocultar sus curvas naturales. Tenía un cabello hermoso que caía por su espalda y, desde atrás, ya podía notar que tenía una figura que despertaría los instintos de cualquier hombre. ​—¿Chi fa i biscotti? —pregunté en mi lengua materna, queriendo probarla. ​Ella se volteó y, por un momento, el mundo se detuvo. Tenía un rostro angelical, una mirada de inocencia pura que no debería existir en este mundo podrido. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos, y se quedó en silencio, mirándome como si fuera un fantasma. ​Sonreí para mis adentros. Era evidente que no me entendía, pero verla así, vulnerable y confundida, encendió algo en mi pecho. ​—Le acabo de hacer una pregunta —le dije en español, disfrutando del ligero temblor de sus manos. ​—Disculpe, señor... es que no hablo italiano —respondió. Su voz era suave, como la seda. ​Le expliqué lo que quería mientras no le quitaba los ojos de encima. Su nombre estaba bordado en su delantal: Sophia. Un nombre hermoso para una mujer hermosa. Mientras anotaba mis exigencias, la observé con detenimiento. No era solo su belleza física; era ese aura de bondad que emanaba. ​Cuando le dije que quería el bizcocho para el viernes, le di una mirada lenta, recorriendo cada centímetro de su piel. Noté cómo sus mejillas se teñían de un rojo intenso. Se sonrojó. Me reí para mis adentros mientras salía del lugar. ​Al subir a la camioneta, golpeé el volante con suavidad. ​—Esa mujer es mía —susurré para la oscuridad del vehículo—. La quiero para mí y nadie más la podrá tocar. Será la madre de mis hijos, la reina de la mafia italiana. ​Llegué a la discoteca y fui directo a mi despacho. Roi ya estaba allí, revisando unos informes. ​—Roi, quiero que investigues a la repostera de "Dulces Suspiros". Se llama Sophia. Quiero saberlo todo para mañana mismo. Quién es, dónde vive, con quién habla. Absolutamente todo. Roi asintió sin preguntar. Él me conocía lo suficiente para saber que cuando algo se me metía entre ceja y ceja, no había poder humano que me hiciera cambiar de opinión. Salió del despacho dejándome a solas con mis pensamientos. Me serví un whisky puro y caminé hacia el ventanal que daba a la pista de la discoteca. La música retumbaba, las luces de neón bañaban los cuerpos sudorosos de la gente que buscaba olvidar sus problemas, pero yo solo podía ver esos ojos inocentes y ese sonrojo que me había desafiado sin saberlo. ​—Sophia... —pronuncié su nombre, saboreándolo como el licor más caro. ​Había algo en ella que me irritaba y me atraía a la vez. En mi mundo, las mujeres se lanzaban a mis pies por dinero, por miedo o por poder. Pero ella me había mirado con un miedo genuino, un miedo que no venía de conocer quién era yo, sino de mi sola presencia. Eso era nuevo. Eso era excitante. ​Pasaron las horas y la noche se hizo profunda. Me mantenía ocupado revisando las rutas de contrabando y los informes de los "capos" de la zona norte, pero cada vez que cerraba los ojos, veía el delantal crema y el cabello castaño. ​A la mañana siguiente, no había terminado de desayunar cuando Roi entró con una carpeta amarilla. Su rostro estaba serio. ​—Aquí tienes, Gabriele. Sophia Vélez. Veinte años. Vive en un apartamento de alquiler en la zona baja. Huérfana de madre hace un año; el padre las abandonó cuando era niña. Trabaja seis días a la semana en la repostería y su vida es... aburrida, por no decir otra cosa. No tiene antecedentes, ni deudas, ni vicios. ​—¿Y amigos? —pregunté, tomando la carpeta y abriéndola con avidez. Mis ojos devoraron la foto de su documento de identidad. Salía seria, pero seguía viéndose hermosa. ​—Dos amigos cercanos —respondió Roi, sentándose frente a mí—. Una tal María y un tipo llamado Leonardo. Según mis hombres, son inseparables. ​Al leer el nombre de "Leonardo", sentí un tirón de ira en el estómago que no supe explicar. ¿Un hombre? ¿Cerca de mi mujer? Cerré la carpeta de un golpe, haciendo que el sonido resonara en todo el comedor. ​—Quiero que la vigilen las veinticuatro horas. No quiero que un solo hombre se le acerque a menos de dos metros sin que yo lo sepa —ordené con voz de acero—. Y Roi... más cuidado con cómo te refieres a ella. No es solo "una mujer". Es mi mujer. O se me olvidará que somos amigos. ​Roi levantó las manos en señal de paz, pero vi la sorpresa en sus ojos. ​—¿Tu mujer? Gabriele, apenas la viste cinco minutos. ¿Estás seguro? ​—Nunca he estado más seguro de nada. Será mía por las buenas o por las malas. Y más vale que ese tal Leonardo sea solo un amigo, o terminará bajo tierra antes de que termine la semana. ​Narra Sophia ​El miércoles y el jueves pasaron volando entre harinas y moldes de bizcocho. Estaba exhausta pero satisfecha; el pedido del señor de traje —que ahora sabía que era italiano por su acento y su manera de hablar— estaba quedando impecable. Pasé horas perfeccionando los detalles del castillo de princesa para la tal Bella. ​Sin embargo, no podía sacudirme la sensación de que alguien me observaba. Cada vez que salía de la repostería para tirar la basura o para ir a casa, sentía unos ojos clavados en mi nuca. Miraba hacia atrás, pero solo veía los coches habituales y a la gente caminando de prisa. ​—Estás paranoica, Sophia —me decía a mí misma mientras cerraba la puerta de mi apartamento con doble llave. ​El viernes por la mañana, finalmente terminé el encargo. El bizcocho era una obra de arte. Dos pisos de pura perfección. Estaba tan orgullosa de mi trabajo que incluso olvidé por un momento el miedo que me había provocado aquel hombre. ​A las dos en punto, la puerta de "Dulces Suspiros" se abrió. Pero esta vez no era él. Eran dos hombres vestidos de n***o, con gafas de sol y hombros tan anchos que apenas cabían por la puerta. ​—Venimos por el pedido del señor de la Cruz —dijo uno de ellos con voz mecánica. ​—Ah, sí... aquí está —dije, sintiéndome pequeña frente a ellos—. Tengan mucho cuidado, es muy delicado. ​Me entregaron un sobre con una cantidad de dinero que triplicaba el costo del bizcocho. ​—Es demasiado —dije intentando devolvérselo—, el precio era mucho menor. ​—El jefe no acepta cambios. Quédate con el resto —sentenció el hombre antes de tomar la caja y salir. ​Me quedé allí, con los billetes en la mano y un nudo en la garganta. Ese hombre, Gabriele (porque había visto su firma en el recibo de la tarjeta de la jefa), era un misterio peligroso. ​Como era mi tarde libre después de la gran entrega, María y Leonardo pasaron a buscarme por la repostería. ​—¡Sophia! ¡Ese bizcocho era enorme! —dijo Leo, dándome un abrazo lateral y un beso en la mejilla—. Te mereces una tarde de distracción. Vamos al centro comercial, yo invito al cine. ​—Gracias, Leo. De verdad lo necesito —le sonreí, agradecida por tenerlo cerca. Él era como el hermano mayor que nunca tuve. ​Caminamos hacia la parada de taxis, riendo y bromeando. María me contaba chismes del barrio, pero yo volví a sentirlo. Ese escalofrío. Me detuve en seco y giré la cabeza. A lo lejos, una camioneta negra con cristales tintados estaba estacionada, pero no pude ver quién estaba dentro. ​—¿Pasa algo, Soph? —preguntó María, poniéndome una mano en el hombro. ​—No... nada. Solo estoy cansada —mentí, tratando de forzar una sonrisa—. Vamos, que se nos hace tarde para la película. ​Lo que no sabía era que, desde esa camioneta, el destino ya estaba escrito para mí. Y que ese abrazo de Leo sería la mecha que encendería el infierno.

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