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El Diario de Romina

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Querida Moon...

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No he tenído el valor de decírselo a nadie, no estoy loca, pero podría decir que mis intervalos de cordura se han debilitando notablemente. Pero... Si no estoy loca ¿Por qué se supone que vi a una persona muerta...?

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Prólogo
Frío. Es lo único que llena mis pensamientos. Frío recorre mi espina dorsal. Frío envuelve mi cuerpo. Hago el intento de moverme pero mis músculos son de piedra. No tengo control sobre mí y siento que la oscuridad me envuelve. Quiero gritar y llorar pero nada sale de mi garganta, se siente como si estuviese obstruida. ¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? ¿Por qué no puedo moverme? ¿Quién soy? Lentamente me sumo en el pánico silencioso. Mis ojos cerrados sólo pueden absorber oscuridad. ¿Estaba dormida? Lentamente la claridad atraviesa mis párpados y se siente como un cielo despejado, las nubes que se hacen a un lado para dejarme ver el sol. Estoy volviendo a mí, o eso creo. Voces ahogadas llenan mis oídos, pero no son más que sonidos incoherentes, sin sentido, gemidos bajo el agua. ¿Quienes son? Un fuerte aroma a alcohol y vainilla se filtra por mi nariz haciendo que pique y mi estómago se revuelve. Un Típ Típ Típ constante llena mis oídos, el pitido es insistente y la sensación de pesadez cobra cada vez más intensidad en mi pecho. Soy plenamente consciente del latir desbocado de mi corazón, acompañado de la intensa desesperación de no saber dónde estoy. Para cuando siento que puedo intentar abrir la boca, comienzo a ser consciente del dolor que entumece mis articulaciones. Mis músculo se sienten agarrotados, como si hubiese chocado contra una pared, o me hubiese caído... Un flash de un cuerpo rodando escaleras abajo atraviesa mi mente pero rápidamente es desechado. ¿Qué sucedió? Busco en mi mente pero no hay nada más. Soy oscuridad, mi disco mental está en estado de shock. Nada llega. Azul, verde, mamá, muerte... Todo llega de golpe, pero nada tiene sentido, es como una película en otro idioma y sin subtítulos. —Tengo miedo —un murmullo roto llena mis oídos y se filtra en mi subconsciente, quien intenta aclarar sus sentidos, mi cerebro sujeta una manguera para despejar el lodo que obstruye mis recuerdos. No distingo quien podría ser el dueño de la voz, sólo puedo decir que es un murmullo femenino—. ¿Qué pasa si no despierta? Han pasado muchos días. ¿Quién no va a despertar? Quiero preguntar, pero por algún motivo mi garganta se sigue sintiendo obstruida. Un muro de concreto corta mi respiración y encarcela mis cuerdas vocales. Entonces trago duro, o lo intento, y algo que atraviesa mi traquea hace la acción difícil. Estoy cansada, tengo sed, no sé donde estoy, quiero ir a casa... Casa... Casa... Casa... La palabra se siente desconocida Un hormigueo intenso sube por mi espalda. Dolor. Duele. Me duele el cuerpo ¿Por qué? ¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Me duele la cabeza. Las palpitaciones suben y se instalan en mi sien, haciendo que mi cráneo sufra un martilleo tedioso. Es insoportable. ¿Me golpee la cabeza? —No debí dejarla sola —lamenta una vez más la voz. Flashes llenan mi mente intentando encontrar algún rostro que me diga de quién es esa voz. La conozco, sé quién es esa persona, pero no sé cómo es su rostro—. Adrien... Adrien. Adrien. Azul, verde. —Ya basta, ¿quieres? No fue tu culpa —una segunda voz resuena por los altavoces de mi mente. Adrien. De algún modo inexplicable esa palabra de siente familiar, cercana. ¿Por qué? Azul, verde, tatuajes... Adrien... Adrien. Siluetas luminiscente se arremolinan a mi alrededor obstaculizando los débiles rayos de luz que chocan contra mis párpados, intentando hundir sus dedos en ellos y separarlos. Voces, voces, más voces. Estoy en una habitación, mi cuerpo yace en una superficie suave. Una cama. Soy plenamente consciente de las voces que se unen y entremezclan pero no reconozco a nadie. Me siento como si estuviese dormida, pero estoy despierta a miles de kilómetros, contemplando desde una sala de espera lo que sucede a mi alrededor, con los ojos vendados. Me siento agotada. Y las imágenes inconexas que inundan mi entorno hasta ahogarlo no ayudan en mi búsqueda del entendimiento —Su cuerpo está reaccionando bien, esperemos que despierte en las próximas horas. Una voz grave y gruesa se une al tumulto de sonidos que llenan la habitación. Otra voz que no conozco. — ¿Es las próximas horas? —cuestiona una voz débil. Llorosa. —Así es. Sólo queda esperar. Aunque, cabe la posibilidad de que no recuerde nada. Pero no sería más que amnesia post-traumática. Pero no es seguro, éste sólo es en el menor de los casos. Pero ella también podría despertar en sus cinco sentidos. Ella estará bien. Sólo debemos esperar. Un sollozo llenó el espacio. —Eso espero. Ella, ella. ¿Quién es ella? Hablan de mí. Ellos hablan de mí, creo. Me sucedió algo. ¿Estoy muerta? Contemplo todo desde una dimensión alterna, y por eso sólo escucho voces... Pero un leve roce, tan tenue y delicado como el toque de una pluma se instala en mi muñeca. El ella de quien hablan soy yo. Algo me sucedió. ¿Por qué? Un roce delicado hace hormiguear mi piel. Flashes siguen llenando mi mente con tanta velocidad que solo logran confundirla una vez más. Me siento confundida, perdida, nada tiene sentido, manos, pies o cabeza. Es como si estuviese en una especie de limbo. Cada vez me siento un poco menos conectada con mi cuerpo. Lucho por mantenerme a flote, pero la simple idea de intentarlo hace que me dé sueño. Tengo sueño, estoy cansada. No soy lo suficientemente capaz de distinguir las siluetas sombreadas que me rodean, que de a poco comienzan a extinguirse, y el aire vuelve a ser menos pesado... Una leve respiración choca con mi rostro y un nuevo olor, alejado del alcohol llena mis fosas nasales. El aroma es familiar, llena mis pulmones y estos se regodean. —Despierta pronto, por favor... —esa voz, esa voz—. Romina —¿Romina? ¿Quién es Romina? Eres tú, tú eres Romina. Interviene una voz dentro de mi cabeza. Soy Romina, me caí—, debes volver—sigue la voz, es gruesa, es varonil, es angelical—. Alguien quiere conocerte. Es él, es él... Pero, ¿quién es él?. —Adrien —vuelve la voz femenina de antes. —Ya voy —una presión suave estalla en mi frente y todo da vueltas, me pierdo. Es un beso, es todo lo que articula mi memoria—. Despierta, nena. Y una vez más, permito que la oscuridad me envuelva.

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