Narrador omnisciente.
Rochester avanzó en línea recta por el pasillo, esquivó personas y aflojó el cuello de su uniforme más veces de las que podría contar.
—Señor, ya tenemos el expediente de la joven, también de la madre —una joven con uniforme de oficial se agitó a su lado, cansada de correr detrás de él para intentar alcanzarlo.
Katian sólo le dirigió una mirada cansada y asintió con la cabeza, apresurando su paso, muy internamente, deseando dejar a la mujer atrás.
Martha López, una joven novata e intento de asistente correteaba a su lado a pasos apresurados, pues los pasos del oficial Rochester eran agigantados y resonaban tanto en el piso como en las paredes.
La mujer tuvo que detenerse un segundo para recuperar el aliento, pero antes de poder parpadear un poco más, el hombre rubio atravesó el umbral que lo llevaría directo a la sala donde se encontraba una chica pálida con las mejillas demasiado rosadas para la normalidad.
Rodó los ojos y se apresuró para alcanzarlo. Entró a la habitación y contempló a Rochester delante del vidrio que separaba las habitaciones. No podías ver nada desde dentro. Desde fuera sí.
Y ahí estaba ella.
Pero la mesa del cuarto de interrogaciones estaba vacía.
La chica se encontraba hecha un ovillo, con las piernas al pecho y la cara pegada a las rodillas, en un rincón de la habitación.
—No se ha movido ni una sola vez —observó el hombre, mirando de soslayo a Martha sosteniendo los papeles y cada diez segundos subiendose los lentes por el puente de la nariz.
Su atención regresó a la niña encogida en el suelo.
La llamada que recibió de su parte había sido alarmada y entre jadeos por falta de aire a causa de los nervios, tenía cierta nota de tranquilidad y silencio al otro lado de la línea. Cuando la policía había hecho acto de presencia en la casa, ella estaba junto a la bañera y el cádaver flotaba boca arriba dentro, con los ojos abiertos.
Cuando el oficial Katian Rochester, demasiado joven para su rango cabría destacar, la tomó de los hombros la joven había empezado a gritar. Como si hubiese puesto fuego en su piel, en lugar de sólo la mano.
Luego de eso nadie pudo sacarla de su estupor, Romina sólo se limitó a gritar hasta que sintió que le dolieron las cuerdas vocales, hasta que, minutos despues, fue arrastrada por la inconciencia.
El cuerpo ahogado dentro de la bañera, desnudo y con las costillas marcadas, era el de su madre. Aún no sabían nada más, al menos por parte de la joven, quien había ingresado a la habitación por orden y de forma mecánica. Ella realmente estaba alejada de la realidad.
No notó siquiera cuando le arrancaron la mochila de los hombros.
Rochester exasperado se posó una mano en la cintura, justo en el lugar donde debía estar su arma y con un gesto de la cabeza le pidió a su asistente que le diera la poca información que tenían sobre la chica que se hallaba en la sala de interrogaciones.
—El nombre de la mujer era Grace Telers, 48 años de edad. La autopsia reveló alto grado de alcohol en el organismo. También: Llevaba muerta por los menos un día —Katian dirigió su mirada al cristal—. El nombre de la joven es Romina Stone —siguió la mujer, empujandose los lentes por el puente de la nariz—. Tiene 16 años, estudía en Gold High Institute. La familia no llevaba más de 8 meses en la ciudad. Por la declaración de algunos de los vecinos el padre se había marchado hacía al menos cinco meses. Encontraron también...
Rochester levantó la mano y con un ademán casi inexistente le pidió silencio. Esas cosas él ya las sabía. Le habían dado el caso después de todo. Katian Rochester se acarició la barbilla, una sensación de escalofríos le recorrió la piel y su vista se posó en el aire acondicionado sobre sus cabezas.
Luego su atención regresó a la joven sentada en el suelo, probablemente temblando de frío.
—No había nadie más en la casa —simplemente afirmó girando para mirar a la mujer que le asistía con papeles en ese momento. Ella enderezó rápidamente su postura, intimidada por la mirada dura del hombre rubio frente a ella.
—No, señor —enhaló ella de forma casi mecánica—. Sólo se encontraba ella. Tampoco encontramos alguna otra huella desconocida, sólo identificamos la suya y la de su madre.
— ¿Algo más? —ya sólo quedaba hablar con la chica y preguntarle si tendría algún familiar al cual llamar.
—Los estudios demostraron que había en la mujer...
—Alto grado de alcohol —interrumpió el hombre con irritación, ¿tan difícil era darle algo que no supiera ya?
—Exacto, pudo haberse quedado dormida, pero... —la mujer dejó la palabra al aire.
Rochester la miró expectante, a la espera.
— ¿Pero? —cuestionó mirándola con atención.
—Encontraron marcas en su cabeza. Las lesiones demostraron cierto grado de fuerza, como si hubiesen querido someterla. También tenía moretones en las costillas, y las piernas. Además de la sombra de un hematoma en su mejilla.
—Alguien la agredió antes de matarla.
—Es posible —Martha se subió los lentes por el puente de la naríz—. Pero la mayoría de las lesiones eran viejas. Estaban casi sanas. El punto es: ¿Quién se las hizo?
—El marido —dedujo Katian como lo más obvio.
—O la hija —siguió la mujer.
Katian le dio una mirada severa.
—Sería más convincente si fuese el esposo. Objetivamente hablando —admitió el hombre.
—Pero él ya llevaba meses fuera de la casa. En cuanto a las marcas que tenía en la cabeza, son irregulares. No podríamos decir que son dedos, aunque también tenía una sutura, justo debajo de la coronilla. No es algo que deba ser normal. Quizá el cádaver ahogado no era un accidente.
— ¿Alguien mató a esa mujer? —casi quiso reírse—. No hay evidencia de eso. Ni siquiera algo con lo que abrir un caso. Y nada, aún cuando la encontramos justo al lado del cuerpo, inculpa a la chica —objetó el hombre y Martha sólo apretó los labios. Él entendía cuánto la chica anhelaba un poco de acción, era de esos jovenes novatos que pensaban que ser policía era sólo llevar un arma y correr detrás de los malos. No obstante, aunque la chica sólo armaba conjeturas, basadas en hecho, no eran suficientes como para intentar buscar un criminal.
No lo había.
—No fue un asesinato.
—La joven estaba mojada —intentó nuevamente.
—Y también —miró el vidrió de soslayo—, traumatizada.
—Entonces hagale preguntas —a la joven oficial sólo le faltó golpear el pie contra el suelo, para reflejar su enojo. Ella sabía que Katian sólo la tomaba por una niña inexperta. Ella no iba a tolerarlo—. Todavía falta su declaración.
—Yo me encargaré del resto, Lopez. Puedes retirarte.
La mujer sólo asintió, sintiendo el enojo aflorar dentro de ella: —Sí, señor.
—Ah, y quiero que localices al padre.
—Sí, señor.
Katian giró sobre sus pies y le dio la espalda a la chica, quien por novena vez se enderezó los lentes, y caminó directamente a la entrada de la habitación donde residía la chica. Debía hacerle algunas preguntas.
A veces, la respuesta menos interesante era la correcta. Y como policía no debía pasar nada por alto.
Giró el pomo y entró, y una chica desde el suelo, con las mangas de la chaqueta heladas por la humedad que se había secado en ellas, le devolvió la mirada.