Solo una niña

2042 Palabras
Lucía Casi no pegué ojo anoche, reviviendo en mi mente el encanto de bailar con Franco. En sus brazos, la felicidad era abrumadora; estoy más enamorada que nunca. Sin embargo, la cruda realidad me golpea: él solo me ve como su mejor amiga, parte de su familia. No es sorpresa, siempre supe que un chico como él no se fijaría en mí. Después de una ducha reparadora, me enfundé en el uniforme y me dirigí a la escuela. Dos horas de tediosas matemáticas transcurrieron antes de encontrarme en el recreo, compartiendo mis pensamientos con Miranda. Tras las clases, caminé diez cuadras hasta casa. En el almuerzo, mi padre se liberó por un rato de la empresa para compartirlo con nosotras. Aproveché la oportunidad para hablar con él. — Hola, papá — besé su mejilla. — Hola, mi amor, ¿cómo te fue? — Bien — dejé mi mochila en el sofá y me senté. — ¿Solo bien? ¿te ocurre algo, cariño?— Pregunta preocupado Maximiliano emerge como un padre afectuoso que, desde mi infancia, me trata como su tesoro más preciado. Siempre me envuelve con la ternura propia de un padre que ve en su hija a su amada princesa. A pesar de su éxito como empresario, siempre se las arregla para dedicarme tiempo a mí y a mamá. En contraste, mi madre exhibe una actitud más distante y fría hacia mí. La ausencia de abrazos y palabras de aliento crea una barrera emocional. A veces, percibo que me culpa por su embarazo temprano, como si yo hubiera truncado sus sueños al obligarla a casarse y cuidarme. Aunque es una buena madre, la falta de confianza se cierne entre nosotros. Las reprimendas constantes por cualquier cosa me llevan a creer que no le agrada mi manera de ser, como si mi existencia le resultara molesta y, de alguna manera, hubiera alterado su trayectoria. Las palabras de mi padre resonaron con familiaridad en la complicidad de nuestra relación. — Me conoces tan bien, papi. Su sonrisa, cargada de afecto, reveló el lazo que nos unía desde mi nacimiento. — Te vi nacer — expresó con orgullo. La voz de mamá interrumpió el momento, marcando la transición de las conversaciones a las órdenes domésticas. — Ya está la comida, Lucía, cámbiate y baja a comer. — su tono firme me recordaba las responsabilidades cotidianas. — Sí, ahora bajo. Siguiendo las directrices maternas, me despojé del uniforme escolar y elegí una blusa celeste combinada con unos shorts rojos. Mientras mi padre saboreaba la ensalada en la mesa, aprovechó para indagar sobre la noche anterior. — ¿Qué tal te fue anoche? — su interés reflejaba su preocupación paternal. — Espero que con la llegada de Franco no descuide la escuela.— Pronuncia mamá — Claro que no, solo fue una vez. Franco no va a interferir. — Sabes que quiero a Franco, es como mi sobrino, pero no es el chico más responsable.— Me recuerda mamá — Lo sé, lo conozco desde siempre, pero solo somos amigos. — No exageres, Adriana. Franco es un buen chico y confía en Lucía; nunca nos dio motivos para desconfiar de ella.— Responde papá Agradecí sus palabras con un suspiro, revelando mi agotamiento. — Gracias, papá, me voy a descansar, estoy muerta. Al despertar al día siguiente, la rutina matutina seguía inmutable. Después de lavarme los dientes, me deshice del pijama y vestí el uniforme escolar. Bajé a desayunar, y todo estaba dispuesto. Mi madre, una cocinera excepcional, se esmeraba en preparar cada comida, aunque a veces su entusiasmo rozaba lo excesivo. Si por ella fuera, estaría comiendo todo el día. La incomodidad de ser hija única se reflejaba en su interés constante en mi vida: qué como, con quién salgo, dónde estoy, y lo que más me molesta, en la elección de mi futura carrera. Durante toda la semana, la elección de mi carrera universitaria ocupó mis pensamientos. A pesar de tener claro lo que quiero, sé que debo luchar por ello. Mi madre, por su parte, me bombardea con folletos de universidades, insistiendo en carreras como administración o finanzas, a pesar de mi aversión hacia los números. Desde que tengo memoria, mi más grande sueño ha sido ser actriz. Imaginar pisar los escenarios, ser observada por todos mientras encarno diferentes personajes, es una pasión que me ha acompañado desde mi infancia. Siento que el teatro no es solo un anhelo, sino una parte intrínseca de mí, una llamada que resuena en lo más profundo de mi ser. Sin embargo, para mi madre, este sueño es percibido como un capricho o algo carente de futuro. Cada vez que menciono mi deseo de estudiar actuación y perseguir una carrera en el teatro, choca con las expectativas de mi madre. Ella anhela que elija un camino más convencional, como estudiar finanzas y eventualmente trabajar en la empresa de mi padre. Para ella, la estabilidad financiera parece prevalecer sobre la realización de mis sueños escénicos. La brecha entre nuestras visiones del futuro crea tensiones, ya que luchamos con la dicotomía entre seguir una pasión artística y satisfacer las expectativas familiares. La conversación con mi madre se tornó familiar, marcada por la repetición de un desacuerdo persistente. Entre sus manos, múltiples folletos universitarios que representaban sus aspiraciones para mí. — Mamá, ya hemos discutido esto muchas veces. — me quejé, sintiendo la frustración que siempre acompañaba estas charlas. — Lucía, no voy a cambiar de opinión. — No me interesa estudiar administración de empresas ni ninguna de las carreras que elegiste. Tú sabes lo que quiero. La tensión en el aire se incrementó con mi resistencia. — El teatro no es una carrera, Lucía. Ninguna actriz tiene un buen futuro. No permitiré que mi única hija se exhiba. — Espetó, visiblemente molesta. — Para mí sí, mamá, es lo que me gusta. El tono de mi madre se mantuvo firme, marcando su determinación. — No voy a cambiar de opinión, Lucía, estudiarás administración aunque no quieras. Las lágrimas amenazan con desbordarse mientras mi madre eleva su voz, un grito estridente que resuena en la habitación. Su mirada, llena de desaprobación, me perfora como dagas. — Lucía, tú tienes grandes oportunidades. Yo nunca tuve un padre como Max que me diera todo lo que deseara ni la oportunidad de entrar en una buena universidad. — Ya sé que ganaste una importante beca en España y la tuviste que dejar por culpa mía. — pronuncié, intentando contener la emoción. — Exactamente, yo tomé mis decisiones y me equivoqué. No quiero que tú te equivoques de esa forma. — Pues lamento si yo fui un error en tu vida. Pero no descargues tus frustraciones en mí. Yo nunca te pedí hacerlo, no te pedí nacer. En ese preciso instante, consumida por la furia, me propinó una cachetada que reverberó en el silencio tenso. Aumentó mis lágrimas, incapaz de contener la oleada de emociones. Sin pensarlo, me alejé prácticamente corriendo del lugar, buscando escape en la rapidez de mis pasos y la penumbra de la distancia. Las lágrimas fluían libremente por mis mejillas mientras caminaba, sintiendo el peso de la frustración y la incomprendida rebeldía. Mi madre, con su constante deseo de control, parecía tejer un nudo apretado alrededor de mis decisiones. Sin embargo, yo sabía que tenía el derecho de elegir qué estudiar y qué hacer con mi vida. La determinación me llevó directo a la casa de Franco, mi refugio, el confidente que anhelaba. — ¿Qué te pasa? — preguntó él al abrir la puerta. — Mi madre no me entiende ni me apoya en nada. — Tranquila — me abrazó, envolviéndome en una sensación de consuelo. Lloré en sus hombros, sus caricias en mi cabello proporcionaban consuelo en el silencio compartido. Al girar mi cabeza para mirarlo, nuestras narices se rozaron de manera casi imperceptible, y sus labios, irresistibles, se perfilaban en mi campo visual. Un simple movimiento de cualquiera de los dos podría haber desencadenado un beso, una posibilidad tentadora que flotaba en el aire cargado de emociones. Carlos irrumpió en la escena, haciendo que tanto Franco como yo saltáramos del susto ante el sonido de la puerta azotándose. — Listo, vamos — dijo Carlos, dirigiéndose a Franco. — Debo quedarme— me miró Franco. — Pero...— Protesto Carlos — Si tienes cosas que hacer...— Pronuncie — Iba a ser una salida de hombres, pero puedo hacer una excepción por Lucía.— Propone su amigo —Me quedare contigo o iremos los dos, tú eliges, pero sola no te quedaras— Sentencia Franco No quería arruinarles la salida. — Bueno, vamos.— Acepte Me dirigí al baño, arreglé mi maquillaje y afortunadamente estaba vestida de manera adecuada: un short vaquero y una blusa celeste. Nos dirigimos en el auto de Franco, un deportivo n***o, y llegamos a la fiesta en la playa en menos de diez minutos. — Noches de hombres, ¿verdad? — bromeé al ver qué habían varias mujeres en el lugar. Carlos solo rió y luego se perdió con la primera chica que encontró. Franco y yo estábamos bailando cuando una morena se acercó. Maldito karma, "Ella otra vez". Vanesa interrumpió nuestro baile, tomando a Franco del brazo. — Ahora no, estoy con Lucía.— Afirma él Vanesa se dirigió a mí— a ti no te molesta, ¿verdad, querida?". Me tomó por sorpresa ese planteo. No soy buena hablando con las personas y mucho menos discutiendo.Le diría que me molesta, Franco está conmigo, pero de mi boca salió lo opuesto. — No, ve tranquilo, yo voy con las chicas. — ¿Segura? — me preguntó dudando. — Sí, diviértete. Expresé mi gratitud al Altísimo por la presencia de Miranda en la fiesta, recordando de repente que ella me había extendido una invitación a la que inicialmente había declinado. Me aproximé a ella con una mezcla de alivio y arrepentimiento, saludándola con un beso en la mejilla. El gesto buscaba transmitir mis disculpas no habladas por haber rechazado su invitación previamente. En ese momento, el deseo de tener a alguien cercano y comprensivo se hizo evidente, y Miranda se convirtió en un refugio potencial en medio de la confusión y las emociones que revoloteaban en la fiesta. — Creí que no vendrías — me dijo. — Yo tampoco. Miré fijamente mientras Franco y Vanesa se perdían en la pista de baile, una sensación incómoda se apoderó de mí. Mis pensamientos se enredaron en la confusión. ¿Debería confrontarlo? Recordé que le había dicho que estaba bien que bailara con ella. La duda me paralizaba. No quería parecer posesiva, después de todo, solo éramos amigos. Sin embargo, la incertidumbre y la pregunta persistente sobre qué hacer seguían rondando mi mente. — ¿Ya te sientes bien? — me preguntó Miranda, sus ojos mostraban preocupación, haciendo referencia a la reciente discusión con mi madre. — Sí, estoy mejor, gracias. — Respondí, tratando de sonar convincente. — Me alegro. — Miranda asintió con una sonrisa solidaria. Decidí alejarme y buscar a Franco, pensando que sería una distracción. Fue un error. Recorrí la playa ansiosamente hasta encontrarlo. Mis ojos capturaron una imagen dolorosa: Franco y Vanesa compartían un beso apasionado. Ella me miró con superioridad en sus ojos y cortó el beso abruptamente. — ¿Por qué te detienes?... Besas perfecto — Expresa Franco. — Y tú, guapo, pero no debes buscar a Lucia, tu primita. Me pondré celosa de ella. — Ella es una niña de mami, no le permiten divertirse. No tengo paciencia para las niñas, yo necesito una mujer de verdad. Esas palabras resonaron en mis oídos, un dolor agudo en mi pecho. Sin decir una palabra, me alejé caminando, dejando atrás a Franco y su desinterés por lo que realmente importa. — Ya me voy — me despedí de Miranda. — ¿Y Franco?— Pregunta ella — Está ocupado con esa chica, mejor me voy — brotaron lágrimas de sus ojos. — No te voy a dejar ir así, vamos, te llevo. — Bueno, vamos. Caminamos en silencio, pero las lágrimas no dejaban de caer. No tenía que ocultar mi dolor y la verdad sobre lo que sentía por Franco, una mezcla de dolor y sufrimiento que había estado guardando.
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