Lucía:
Tras nuestra intensa sesión de besos, decidimos continuar la velada en su acogedor hogar. El ambiente estaba impregnado de un halo de complicidad mientras nos dirigíamos a la cena. La expectación flotaba en el aire, y al entrar, nos recibió su mamá con saludos cálidos.
Mis padres ya se habían marchado y yo me quedaría un rato más. Mamá y papá se habían marchado y Fran me llevaría a casa.
— Hola, mamá — saluda él, contagiado por la efervescencia del momento.
— Hola, tía — añadi, revelando una sonrisa que denotaba satisfacción.
Las miradas cómplices entre nosotros delataban el secreto que estábamos a punto de compartir. En ese instante, la curiosidad se apoderó de la madre de Franco.
— ¿Por qué tan felices? ¿Ya son novios? — preguntó con una mezcla de sorpresa y alegría en su rostro.
Ante la pregunta, nuestros ojos se encontraron en una mirada incrédula, como si el universo conspirara para revelar nuestro secreto.
— ¿Cómo sabes, tía? — inquiero tratando de mantener el misterio.
— Lucía, Franco es mi hijo, y a ti te conozco desde que usabas pañales — mi tía dirigió su atención hacia Franco —. Compórtate, hijo.
El tono materno conllevaba una complicidad palpable. La atmósfera se volvía cada vez más entrañable a medida que nos sumergíamos en este nuevo capítulo de nuestra relación.
— Sí, mamá, la vas a asustar — bromea él
— ¿Te quedas a probar el postre o deseas que te lleve a tu casa? — me pregunta ella
— No sé.
— Mi amor, no puedes rechazar a tu suegra.
Después de aceptar la invitación a cenar, nos sumergimos aún más en la intimidad de la velada. La atmósfera en la mesa estaba cargada de complicidad y la sorpresa de mi tía al descubrir nuestra relación añadía un toque de emoción al momento.
— Está bien — pronuncié esas palabras con un dejo de asombro y alegría que se reflejaba en mi rostro. La realidad de que mi tía se convirtiera en mi suegra aún resonaba de manera inesperada en mi mente.
Mientras disfrutábamos de la cena, decidimos explorar el cuarto de Franco, un lugar al que no había subido en años. La subida evocaba recuerdos y, al mismo tiempo, revelaba la intimidad que compartíamos.
— Perdona lo de abajo — mencionó Franco, como si quisiera suavizar cualquier tensión que pudiera surgir.
— Me siento rara. Somos casi primos y ahora... — mi expresión denotaba cierta incertidumbre.
— A la prima se la arrima — bromeó Franco, despejando la atmósfera con un toque de humor que provocó mi risa.
Nuestras familias, aunque sorprendidas, se mostraban comprensivas.
— Pero, ¿qué pasa, Lu? — Franco descifró mi mirada.
— Nada, solo que mi mamá es intensa.
— Ella te ama, yo te amo. Todo estará bien. No hagas drama. Ya te está saliendo el papel de actriz — sus palabras revelaban un apoyo reconfortante, y su conocimiento sobre mi papel en la situación me tomó por sorpresa.
— Lo sabes. Voy a matar a Marcela — expresé en un tono juguetón, intentando desviar la atención.
— Franco, ¿por qué no me dijiste?
— No sé. Creí que no lo entenderías.
— Bien, te lo dejaré pasar, pero a la próxima mentira me tendrás que compensar — mencioné divertida.
— ¿Y cómo sería eso?
— Así.
La complicidad entre nosotros se manifestó cuando, de repente, nos sorprendieron al abrir la puerta sin previo aviso.
— Ya se habían tardado — bromeó Marcela, desatando risas en la habitación.— Mamá te advirtió Fran que debes llevar a Lucia a su casa.
— Es mucho pedir privacidad en esta casa — comenta él, tratando de mantener la naturalidad.
Dentro de pocos minutos, Franco me llevó a casa en su auto.
— Bien, hasta ahora me estoy comportando como un novio formal — mencionó con orgullo.
— Sí, es raro en ti. No te conocía este lado — respondí, disfrutando de esta nueva faceta de nuestra relación.
— Mañana paso por ti para llevarte a la escuela y luego pasamos la tarde juntos.
— Sí, claro, Franco.
— Franco, qué seca.
— Bueno, es raro. ¿Cómo quieres que te llame, osito? — bromeé, dejando que el ambiente se impregnara de ligereza.
— Con Franco está bien.
— adiós, mi amor. — Sellé la noche con un beso apasionado, sumergiéndonos en ese instante compartido.
— No me beses así porque no te voy a dejar ir. — Pronunció Franco con una mezcla de diversión y deseo, dejando claro que el amor y la complicidad seguían siendo el motor de nuestra relación.
La mañana siguiente, decidí enfrentar a mis padres con la noticia que cambiaría la dinámica familiar.
— Buenos días, hay algo que tengo que decirles — anuncié, sintiendo la mezcla de nervios y emoción en mi voz.
— Di lo que sea, mi amor — respondió mi papá con su característica calma.
— Espero que no tenga que ver con el teatro — expresó mamá, revelando una pizca de preocupación en su tono.
La tensión aumentó ante la inminente revelación. Mis pensamientos se centraron en la incertidumbre de sus reacciones.
"Uy, a partir de hoy llegarán las respuestas. Concentración, Lucía"Me recordé a mí misma, tratando de mantener la calma.
— Lu, ¿sigues ahí?— Indaga papá
— Ya tengo novio — solté las palabras rápidamente, como si quisiera superar la tensión de un solo golpe.
— Sabíamos que algún día pasaría.— Expresa papá con seriedad
— ¿Quién es? — la curiosidad se apoderó de mi mamá.
— Es Franco Linares.
— No sé qué decir. Creí que solo eran amigos.— Expresa papá — Y Franco es algo mayor para ti.
— Lo éramos, pero las cosas han cambiado.— Respondí
— Lucía, tú sabes lo que pienso.— Pronuncia mamá
— Lo sé, mamá, pero yo lo quiero y él me quiere. Por favor, solo dame una oportunidad.
— No sé.
— Y tu papá, ¿qué piensas?— Pregunté
— Que aunque sea mi sobrino postizo, no se salvará de la charla suegro-yerno.
— Te amo, papá, gracias.
— No creas que me hace tan feliz la idea de compartir a mi princesa.
El abrazo con mi padre selló momentáneamente la conversación. — Bueno, los dejo asimilarlo. Los veo en la noche.
Al abandonar la escena de la revelación, cerré la puerta tras de mí, permitiendo que la noticia flotara en el aire, dando a mis padres el tiempo necesario para procesar lo compartido. Me alejé, sintiendo la carga emocional que había dejado atrás, una mezcla de ansiedad, esperanza y el peso de una decisión que transformaría las dinámicas familiares.
Caminé hacia el auto, donde Franco aguardaba, y al entrar, la tensión disminuyó. Sus ojos reflejaban comprensión y apoyo, y aunque la incertidumbre persistía, su presencia ofrecía consuelo.
Estaba en el auto con Franco, más guapo que nunca. Su expresión tranquila contrastaba con el torbellino emocional que había dejado atrás. Mientras avanzábamos, el paisaje se convirtió en un telón de fondo para nuestras reflexiones compartidas y la esperanza de que, con el tiempo, la elección que habíamos hecho juntos sería aceptada por aquellos a quienes más queríamos.
— ¿Y qué dijeron? — preguntó ansioso.
— Papá quiere darte esa famosa charla y mamá, sé que pronto lo aceptará.
— Sí, yo me encargaré de que nada se interponga entre nosotros, amor.
— Gracias por traerme a clases, amor.
— Antes de que bajes, hay algo que debo decirte.
— ¿Qué pasa? ¿Es algo malo?
Tan pronto quiere terminar conmigo, ¿qué habré hecho mal?
— Empezaré a trabajar con mamá en la empresa.
— Eso es genial. — Me volvió el alma al cuerpo.
—Sí, para eso me marché a EE.UU., para aprender, y mientras no entre a la universidad, quiero ayudarla. Pero el lado malo es que ya no te veré tan seguido.
— No te preocupes, lo entiendo. Además, si me quedo en la obra y con la escuela, tampoco tendré tanto tiempo. — Apoyo mi cabeza en su hombro. — Nos veremos cuando podamos, encontraremos la forma, amor.
— Eres tan hermosa como madura. Te amo.
— Yo más.
Tras un día inusualmente corto debido a la falta de un profesor, regresé a casa antes de lo previsto. La modesta vivienda, con sus paredes acogedoras, me recibió en un silencio que contrastaba con la algarabía habitual. Al ser una casa pequeña, mis pasos resonaron discretamente en el ambiente.
Al entrar, noté que mi madre no parecía percatarse de mi llegada. La inusual quietud aumentaba mi curiosidad, y me dirigí hacia la fuente de sonido proveniente de la habitación donde ella se encontraba.
Estaba discutiendo con alguien por teléfono, una escena poco común en nuestro hogar. Mi madre, siempre reservada, parecía sumida en una conversación que la había sacado de su rutina. La tensión en el aire y el cambio en su comportamiento dejaban entrever que algo significativo estaba ocurriendo. La incertidumbre se apoderó de mí mientras intentaba descifrar la situación en la que mi madre se encontraba, más extraña que nunca.
— Hola, mamá, ¿alguna llamada para mí?
— ¿Esperas alguna? — preguntó.
— No.
— No te cansas de mentir.
— Mamá, ¿por qué dices eso? — Fingí inocencia.
— Llamaron del teatro.
— ¿Y quedé? — pregunté emocionada.
— No te rechazaron — me dijo fríamente.
Sollozo — No puede ser. Me preparé tanto.
— Ya ves que no fue suficiente. Te dije que el teatro no era para ti. A ver si lo entiendes de una vez por todas.
No puedo creer que me rechazaron. Yo creí que me escogerían. Tal vez ella tiene razón y yo no sirvo como actriz.