Mi padre

2187 Palabras
— Hola, mi amor, tenemos que hablar contigo — anuncia mi padre. Mi madre le lanza una mirada — ¿Tú crees que es el momento, Max? Hace más de una semana que mis padres están muy nerviosos, siento que me ocultan algo y no sé qué es. Durante toda mi vida he sentido que mi madre me oculta demasiadas cosas. He llegado a pensar que en realidad no soy su hija. Es que realmente no me parezco en lo físico en lo más mínimo a ella. Soy rubia y de piel pálida, y mamá tiene el cabello castaño y la piel tono canela. A mi padre tampoco me parezco. — No hablen como si no estuviera acá. ¿Pasó algo grave?, está relacionado con la empresa. — No es eso.— Niega papá con la cabeza — Déjame a mí, yo le tengo que decir.— Pide mamá Ya me están asustando, ¿qué diablos pasa? — Lucía, mi amor, ¿recuerdas a Alejandro?— Inicia papá — Sí, el tipo del otro día. Mamá suspira — él es tu padre biológico. Esa frase resonó como un trueno que rasga el cielo en una noche tranquila. Destrozó mi mundo ideal, desgarrando las capas de seguridad que construí a lo largo de los años. Cada palabra fue un golpe directo al corazón, dejando mi pecho lleno de espinas afiladas y el alma fragmentada. Mis sueños se desvanecieron en un instante, como burbujas que estallan al contacto con la realidad. La revelación era un puñal en el centro de mi ser, desgarrando la confianza que tenía en mis propios cimientos. Ya nada será como antes, las sombras del desconcierto y la incredulidad cubren el camino que creía conocer. — Eso no puede ser — miro a Max — entonces tú no eres mi padre. Miles de lágrimas, como pequeñas gotas de dolor, trazan caminos desordenados por mis mejillas. Max, mi refugio emocional, el único que me ha sostenido con amor incondicional, parece ser la única certeza en medio de esta tormenta. Él es mi verdadero padre. Su amor, tan sólido como una roca en medio del caos emocional, ha sido el faro que me ha guiado en la penumbra de la incertidumbre. Él no puede ser un mentiroso, eso no puede ser posible. En el remolino del desconcierto, siento el amargo regusto de la traición. Mis dos padres, los pilares de mi realidad, han tejido una red de mentiras a mi alrededor. La sensación de ser una desconocida en mi propia historia me envuelve como una sombra persistente. La verdad oculta durante tanto tiempo se despliega ante mí como un tapiz desgarrado, revelando una realidad que desconocía por completo. ¿Quién soy realmente si no la hija de quienes pensé que eran mis padres? Cada gesto de cariño, ahora se presenta como una farsa, una actuación en la que fui la audiencia sin saberlo. La sensación de identidad se desvanece como un espejismo, dejándome a la deriva en un mar de confusión. — Tú eres mi hija porque mi corazón lo dice.— Afirma Max Brotaron lágrimas de mis ojos — ¿por qué me mintieron? — No queríamos lastimarte.— Afirma mamá — Díganme ¿cómo les funcionó eso?— pregunté molesta. Las palabras de mi madre resonaron en el aire como una tormenta emocional. Su confesión, cargada de dolor, se convirtió en un relato de desilusión que resonó en lo más profundo de mi ser. El nombre de Alejandro, un eco de abandono, se coló entre las grietas de mi corazón, destrozando la imagen que tenía de mis padres. Al escuchar el relato de su soledad, sentí la tierra temblar bajo mis pies. La figura paterna que había construido en mi mente se desmoronó como un castillo de naipes. Max, a quien consideraba el amor inquebrantable de mi vida, ahora era un pálido reflejo de esa imagen idealizada. Caminé lejos, dejando atrás el torbellino de confesiones. La realidad se desplegaba ante mí como un paisaje desolado, y Max, mi ancla emocional, se volvía un nudo en mi garganta. La certeza de que no compartíamos la misma sangre me atormentaba, creando un abismo entre nosotros. La rabia ardía en mi interior como un fuego voraz. La imagen de Adriana, la figura materna perfecta, se desdibujaba en un retrato de engaño y falsedad. La confianza, una vez sólida como roca, se desvanecía en el aire enrarecido de la traición. Con la urgencia de desahogar la tormenta interna, me refugié en el parque. Las lágrimas, compañeras leales de mi desesperación, dibujaron senderos en mi rostro. Escribirle a Miranda fue mi salvavidas — Vine lo más rápido posible. La abrazo — No puedo creer lo que me está pasando. — Ya, amiga. — Maximiliano no es mi padre, me mintieron toda la vida. — No lo puedo creer — acaricia mi cabello. — Siento tanto rencor, siento que mi vida es una mentira. — Tranquila, tu vida no es una mentira, quien sea tu padre no cambia en nada quién eres. Dime, ¿ves a Max de diferente manera? — Claro que no, él siempre será mi padre. Alejandro es solo un desconocido para mí. Suena su celular, ella lo ignora. — Contesta.— Le pido — No, como crees. — Hazlo, por favor. — No puede ser.— Expresa mientras mira el celular — ¿Qué pasó?— Indague — Una tontería. — Por favor, dime así cambiamos de tema. — Cambiaron la audición para dentro de un par de horas. Igual, no estabas segura de ir. — ¿Tienes los diálogos?— Pregunté — Sí, en la cartera. — A ver, muéstramelos — Pedi.Miranda saca unos papeles y me los da. — ¿A qué hora es la audición? — A las 16 de la tarde. — Bien, creo que puedo aprendérmelos. — Estás loca, tú no estás bien para actuar. — Al contrario, necesito focalizar el torbellino de sentimientos que tengo en algo positivo. — Está bien, si esto te hace bien, yo te ayudo a estudiar. — Gracias, amiga. Ir a una audición cuando tengo el corazón destrozado, ¿qué puede salir mal, verdad? — Hola, soy Marcos y seré el encargado de las audiciones. Primero les pediré una improvisación. Olviden los diálogos y solo déjense llevar. Tres horas invertidas en memorizar diálogos parecían un esfuerzo en vano en medio de la sala de audiciones. La multitud de chicos y chicas, ansiosos y nerviosos, desfilaban frente a Marcos, quien emanaba una exigencia palpable en su mirada crítica. Marcos, con el cabello ondulado oscuro y ojos cafés, parecía tener unos cuarenta y tantos años. Su presencia imponía respeto y anticipaba el desafío que representaba enfrentarse a su juicio. Después de observar varias audiciones, finalmente llegó mi turno. Subí al escenario, pero mi mente no dejaba de divagar hacia una sola cosa: el abandono de Alejandro. ¿Por qué regresa después de diecisiete años? ¿Por qué no me quiso cuando nací? Toda mi vida me sentí insignificante, pero ese sentimiento alcanzaba nuevas alturas ahora. No fui suficiente ni siquiera para mi propio padre. El eco del abandono resonaba en cada paso que daba en el escenario, como una sombra que oscurecía cualquier destello de seguridad que pudiera haber tenido. — Padre, me negaste tu apellido, tu amor, y ahora vuelves a destrozarme la vida. ¿Con qué derecho lo haces cuando yo no pedí venir a este mundo? — Brotaron lágrimas de mis ojos. — Alto — me detiene Marcos. — ¿Hice algo mal? — limpie mis lágrimas con un pañuelo. — Al contrario, seguiré con las audiciones, pero ya tengo a mi protagonista. Espera hasta el final de las audiciones para ponernos de acuerdo. — Por supuesto. No lo puedo creer, sigo en shock. Me aceptaron. Tanto dolor sirvió para algo. Si eso me consolara un poco, pero no lo hace. — Sabía que lo lograrías — me abraza — ¿Estás bien? — Sí, estoy mejor. Me sirvió para descargarme. Me quedé hasta que finalizó la audición, como me lo pidió Marcos. — Bien, ¿cuál es tu nombre? — Soy Lucía Mendoza. Él anota mis datos — bien, Lucía, la obra se realizará dentro de un mes. ¿Crees poder llegar? — Sí, sé que lo haré. — Aquí tienes los guiones — me los entrega — ensayaremos a partir de mañana a las 14 en punto. Sé puntual, por favor. — Gracias por la oportunidad, pero hay algo que debo decirte. — Dime. — En realidad, no fue una actuación. Mis sentimientos eran verdaderos. — De eso se trata, niña, de buscar en lo más profundo las emociones y focalizarlas en el papel que se interpreta. Sé que tienes mucho futuro en el mundo del teatro. Es la primera persona que no es un familiar y me lo dice. Es la primera vez que lo siento real. Miranda me llevó al departamento de Franco; abrí la puerta con mis llaves y me dejé caer en el sofá. En cuestión de minutos, él llegó. — ¿Cómo te sientes, mi amor? — Mal, quisiera despertar de esta pesadilla. Siento que la odio, ¿cómo pudo mentirme así? Nunca la voy a perdonar.Solo necesito que estés conmigo. — Tranquila, amor, ve a la cama que yo me encargo. Me dirigí a la habitación de Franco, me quité la ropa y me duché, lloré unos minutos bajo el reconfortante flujo del agua. Luego, me coloqué mi ropa interior y una camisa de Franco. Me recosté y llegó Franco con comida. La calidez de su presencia empezó a disipar la tormenta emocional que me envolvía. — Princesa, no puedo verte así — me abraza. — Fran, tú eres lo único verdadero en mi vida. Nunca me mientas, no quiero perderte a ti también. Acaricia mis labios — Shhh, hermosa, yo nunca te lastimaría. — ¿Me lo prometes? — Sí, tú eres el amor de mi vida, Lu. En ese beso, encontré un refugio en medio de la tormenta emocional. Sus palabras y gestos se convirtieron en un bálsamo que calmó las heridas de la traición. El abrazo y el beso, más que simples gestos, eran anclas que me recordaban que, incluso en medio de la confusión, Franco seguía siendo mi ancla emocional, mi puerto seguro. Lo observo mientras se sube sobre mí, su boca encuentra mi piel y desabrocha lentamente mi camisa. Quiero sumergirme en este momento, desvincularme de todo por un rato. Después de desnudarme, él se quita la ropa y coloca el preservativo. Con sus besos y caricias no siento nada. No sé qué me pasa. ¿Qué está mal conmigo? ¿Qué estoy haciendo mal? Me siento rota; ni su cercanía me consuela, ni Franco me consuela. Me siento vacía por dentro, incompleta. Debe ser por todo lo que está pasando con papá que no me concentro; no encuentro otra explicación. Él no logra llenar el vacío que siento dentro de mí. — ¿Qué pasa, Lucía? — me pregunta él cuando lo empujo porque ya no tolero que me toque. Es la segunda vez que estamos en un momento íntimo y yo no respondo en lo más mínimo. Supongo que ya se siente frustrado. — No tengo ganas, solo quiero dormir. — Está bien, duerme.— Responde molesto Al día siguiente, me llevó a casa. Al entrar, encontré a mi madre sentada en el sofá, con ojeras y los ojos hinchados. — Mi amor, qué bueno verte, tenemos tanto que hablar. Subí a mi habitación, ignorando su petición. Me coloqué el uniforme, preparé un bolso con ropa y bajé las escaleras sin dirigirle la palabra a Adriana. — ¿No me vas a hablar? — No tenemos nada que hablar — me fui. Subí al auto donde me esperaba Miranda. — ¿Todo bien? — Sí, vamos. No presté mucha atención a mis clases; quería distraerme, pero no dejaba de pensar en mis problemas. Al salir de clase, alguien me esperaba: un hombre vestido de traje con cabello oscuro peinado hacia atrás y ojos del mismo color que los míos. Ahora notaba el parecido. ¿Cómo se atreve a buscarme? ¿Quién se cree para dejarme y luego volver diecisiete años después arruinándome la vida?Se acerca a mí y a Miranda como si nada. — Hola, Lucía, necesito hablar contigo. — Miranda, ¿nos dejas a solas? — Por supuesto — asiente y se marcha — ¿Qué haces aquí? No quiero verte. — Sé que no sabes quién soy. Lo interrumpo — Sé perfectamente quién es. Mi único padre es Maximiliano Mendoza, y no necesito a nadie más. Suspira profundamente — Está bien, estás muy alterada, pero de verdad necesito explicarte cómo ocurrieron las cosas — me entrega un papel — Si cambias de opinión, ten en esta tarjeta. Aquí están mis datos, si quieres saber mi verdad, llámame. Me quedaré en la ciudad hasta obtener tu respuesta. — No pierda su tiempo Rompí la tarjeta y la tiré; no quiero ver a este tipo en mi vida. No es nada mío, y nunca lo veré como a un padre.
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