CAPÍTULO V Deslauriers había llevado de casa de Frédéric la copia del acta de subrogación con un documento en regla que le confería plenos poderes; pero, después de haber subido sus cinco pisos y ya solo en su triste estudio, sentado en su butaca de badana, la vista del papel timbrado le repugnó. Estaba harto de esas cosas, y de los restaurantes a treinta y dos sueldos [1] , de los viajes en ómnibus, de su miseria, de sus esfuerzos. Volvió a coger los papeles; al lado había otros; eran los prospectos de la compañía hullera con la lista de las minas y el detalle de su riqueza, que Frédéric le había dejado para que le diese su opinión al respecto. Se le ocurrió una idea: la de presentarse en casa del señor Dambreuse y pedir la plaza de secretario. Este puesto llevaba consigo, desde luego,

