—Por supuesto, a ellos, ni una palabra de todo esto. El secreto era fácil, puesto que Arnoux, al día siguiente, salía de viaje para Alemania. Por la tarde, al volver a casa, el pasante encontró a su amigo extrañamente cambiado: hacía piruetas, silbaba; y como el otro se sorprendiese de tal humor, Frédéric dijo que no iría a ver a su madre; pasaría sus vacaciones estudiando. Al conocer la marcha de Arnoux, le entró una gran alegría. Podía presentarse, aparecer allí a su antojo sin temor a que interrumpieran sus visitas. La convicción de una seguridad absoluta le daría ánimos. ¡Por fin, no le alejarían, no estaría separado de ella! Algo más fuerte que una cadena de hierro le ataba a París, una voz interior le gritaba que se quedase. Algunos obstáculos se oponían. Él los salvó escribiendo

