CAPÍTULO V-4

2043 Palabras

Ya no se veía; el tiempo estaba frío, y una niebla pesada, difuminando las fachadas de las casas, apestaba en el aire. Frédéric la aspiraba con deleite; pues sentía a través de la guata del vestido la forma de su brazo; y su mano, enfundada en un guante de gamuza de dos botones, su manecita que él habría querido cubrir de besos, se apoyaba en su manga. A causa del pavimento resbaladizo, patinaban un poco; a él le parecía que los dos iban como mecidos por el viento en medio de una nube. El brillo de las luces, en el bulevar, le devolvió a la realidad. La ocasión era buena, el tiempo apremiaba. Se fijó como límite la calle de Richelieu para declararle su amor. Pero, casi inmediatamente, delante de una tienda de porcelanas, ella se detuvo en seco, diciéndole: —Ya hemos llegado, muchas graci

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