La señorita Vatnaz, apartando con una mano las ramas de una alheña que le quitaba la vista del estrado, contemplaba al cantante fijamente, con las aletas de la nariz abiertas, frunciendo el entrecejo y como absorta en un goce profundo. —¡Muy bien! —dijo Arnoux—. Comprendo por qué estaba usted esta tarde en el «Alhambra». ¿Le gusta Delmas, querida amiga? Ella no quiso confesar nada. ¡Ah!, ¡qué pudor! Y, señalando a Frédéric: —¿Es por él? Se equivocaría usted. No hay chico más discreto. Los otros, que buscaban a su amigo, entraron en la sala decorada de verde. Hussonnet los presentó. Arnoux hizo circular la petaca e invitó a sorbetes a todo el mundo. La señorita Vatnaz se había ruborizado al ver a Dussardier. Se levantó enseguida, y, tendiéndole la mano: —¿No se acuerda usted de mí,

