Siempre supe que era una niña mala. Lo supe cuando le rompía con ganas los juguetes a mi hermana mayor, y cuando arrojaba a la menor, del camarote de dos pisos. Aunque siempre quise remendar todos mis errores, hacía justo lo contrario. A veces sentía que mi vida era un cuarto oscuro y que conforme crecía iba chocándome y destrozando todo lo que tenía al frente. Con lo de Erick mi vida ya no tenía sentido. Me quedaba en casa, pero era una muerta en vida, a la vista de mi mamá, que no sabía nada de lo que me pasaba. El dinero por el que vendí el amor de Erick, con la crisis los precios se duplicaron, duró unos tres meses. Y de vuelta nos vimos con la urgencia de remedios. En esos días, mi hermana mayor tuvo a su primer hijo en el hospital que quedaba a unas cuadras. Mi mamá estaba muy

