Llegué a casa con una bolsa gigante de golosinas. Chocolates, masitas, dulces de todas las clases que había en el kiosco. Me encerré en mi cuarto y comencé a devorarlo todo. Al mes había subido tanto de peso que mis pantalones sexys se quedaban en mis rodillas. Lloraba por eso y por Erick. Mi mamá me veía yendo al baño a vomitar. Las dos primeras veces pensó que comer tantísimos dulces me había indispuesto, y la segunda pensó algo parecido. Pero luego comenzó a sospechar, yo pasaba las horas encerrada en el baño. Pensó que no era normal. —¿Vos qué tienes? –dijo acercándose cuando al fin salía del baño—. Te metes todo lo que puedes a la boca y creo que andas vomitándolo. Eso es una enfermedad… tu hermana ya me había dicho que hacías cosas raras en el baño. —Esa chismosa –solté, mirando

