Capítulo 55: Bajo la piel del muerto Ariadna no soltó el cuchillo. Sus dedos estaban entumecidos, pero no por el frío: era la voz. Ese susurro que había atravesado su mente como un hilo envenenado. La criatura seguía mirándola con esos ojos blanquecinos, fijos… como si supiera algo que no debía saber. —¿Qué pasa? —preguntó Voss, cruzado de brazos—. ¿O es que tienes miedo de una cosa que ya está muerta? Ariadna tragó saliva. Su instinto le gritaba que soltara el arma y se fuera, pero sabía que no podía. No aquí. No frente a Voss. Cloe dependía de cada movimiento que ella hiciera. Apretó el filo contra la carne podrida. El cuchillo se hundió con un sonido húmedo y asqueroso. La sangre ennegrecida manchó sus dedos. El muerto soltó un gruñido sordo… y entonces, otra vez, ese murmullo:

