Capítulo 63:Cenizas bajo la luna El almacén se estremecía como si respirara. Cada golpe de los caminantes contra la puerta retumbaba en las paredes, arrancando astillas de madera y haciendo vibrar los tablones improvisados. El aire olía a óxido, polvo y muerte. Cloe se tapó los oídos con las manitas, escondiéndose detrás de Ariadna, mientras Moreau aferraba un tubo metálico oxidado como si fuera su única salvación. —No va a resistir mucho… —murmuró, jadeando. Ariadna apretó los dientes. Tenía el fusil en las manos, el dedo firme sobre el gatillo, pero sabía que con cada disparo atraerían a más. Un rugido gutural sonó al otro lado. La puerta se dobló apenas un centímetro, lo suficiente para que un brazo grisáceo, repleto de carne podrida, se colara entre los tablones y rasgara el aire

