Capítulo 62: Los monstruos El aire olía a humo, hierro y cenizas. El hospital, herido de muerte, crujía en cada rincón como si fuese a colapsar en cualquier instante. El amanecer bañaba las ruinas con una luz grisácea, implacable, que no hacía más que revelar la magnitud de la destrucción. Ariadna se incorporó, su cuerpo adolorido, con cortes sangrando en los brazos y la ropa chamuscada. Cada respiración era un tormento, pero al mirar a Cloe —dormida, con el rostro más tranquilo después de la fiebre— supo que había valido la pena. Moreau, aún pálido por lo ocurrido, la observaba como si mirara a alguien imposible. —No sé cómo sigues en pie… —susurró, casi incrédulo. Ariadna bajó la mirada al fusil vacío en sus manos. El mismo que Voss le había dejado. —Porque si caigo ahora, todo lo

