Capítulo 2

1847 Palabras
* * * El capitán anunca por los altavoces que en veinticinco minutos llegaremos a Cumaná. Respiro con alivio, no es que me marease o me diese miedo los barcos, es que ese día el mar estaba picado y se podía sentir el movimiento en todo el ferry. —¡Bienvenida al Estado Sucre! —grita Amy con alegría, mientras bajamos las escaleras para ir a su camioneta, preferimos viajar en la Mitsubishi Montero 4x4 de mi amiga, que en mi Lancer Touring. El viento revuelve mis cabellos, este día promete lluvia, lo que me ponía nerviosa al traer recuerdos. —No pienses tanto, mujer —dice ya en su Mitsubishi, solo esperando terminar de llegar a puerto—. Alejo nos está esperando irá detrás de nosotras. Conocerás al churri de mi sobrino. Te vas enamorar de sus ojitos grises. Tocamos tierra exactamente veinticinco minutos después de haber escuchado la voz del capitán. Poco a poco los carros van desembarcando y después nos toca a nosotras. Amy estaciona un poco más adelante de unas gandolas y en la otra acera se encontraba un hombre con un niño en brazos. Mi amiga sale corriendo de su camioneta y se funde en un abrazo con su hermano Alejandro. Bajo para presentarme y no ser maleducada. Los veo y me enternece, se ven tan compenetrados, que pareciese vivieran juntos cuando no es así. —Alejandro te presento a mi amiga Kimberly Andrade —dice con voz de mando, dejando entre ver una amenaza, lo veo y es que, las fotos no le hacen justicia, me puedo imaginar como serán los demás. Alto, musculoso, pelo cobrizo, ojos grises y sonrisa encantadora—. Kim este es Alejo, y este churri mi sobrino Luciano. —Encantado en conocerte Kimberly —me dice con esa sonrisa que si no llevase pantalones pensaría que se me cayeron las bragas, me da su mano libre y lo acepto, su agarre es firme—. Luciano Dale un beso a la amiga de la tía. El casi rubio acerca su hijo a mí, y éste me da un besazo en el cachete, me mira pícaro y sonríe. Y sí, muero de ternura al verlo. —Para mí también es un gusto conocerte —dije tratando que mi voz fuese firme. —Pero que bribón eres, quieres enamorar a mi amiga —le dice Amy a su sobrino, que es la viva estampa de su padre—. No tienes tamaño pequeño sinvergüenzin. Mejor tomemos carretera y hablamos en la hacienda, parece que va llover. Llevábamos cuarenta minutos de carretera y todavía falta como media hora, no quiero mirar por la ventana las curvas me daban vértigos. La rubia se burla de mí diciendo que eso no era nada, la carretera se pondría más fea a medida que fuésemos avanzando. Puse la música de momento de Enrique Iglesias y Gente de zona, Bailando. Me dejo llevar por la melodía y comienzo a cantar, a esa le sigue una de David Bisbal, Ricardo Arjona, La quinta estación, la oreja de Van Gogh y para cuando me di cuenta me quedé dormida. —Kim despierta —grita mi amiga, me asusto y en un acto reflejo llevo mis manos al vientre, suspiro al darme cuenta que nada malo pasaba. —¿Qué pasa contigo? —chillo—. Casi me matas del susto. —Cariño te he llamado tres veces y no respondías. Ahora que estás despierta disfrutarás de lo mejor. Nos estacionamos en un kiosko. Al bajarme el calor de mil muertes amenaza por sancocharme, me quito la chaqueta quedándome con una camisa de tirantes blanca y en el centro un beso. Su hermano baja y noto como me recorre de arriba abajo y de abajo arriba. Veo la cara de Amy y sonrío. Ambos me dicen que falta poco por llegar, nos encontramos en un pueblo llamado Santa Lucía, del otro lado de la carretera que daba al cerro se encontraba una Virgen y de un lado salía un gran chorro de agua, tomo unas fotos y noto que no tengo cobertura. Seguimos nuestro camino, nueve minutos después de ir recto mi amiga cruza a la izquierda. —Bienvenida a mi pueblo —anuncia con alegría—. Aunque, río de oro queda después de pasar el río, esto se llama Santa Rosa, esa es la capilla —señala en dirección a una construcción pintada de azul— este espacio que estás viendo aquí es donde se arman las mejores fiestas de Santa Rosa, así que prepara tu mejor pinta que nos venimos una noche de estas. Si seguíamos el camino recto por donde veníamos, queda Paso Largo, Campearito y otros pueblos más, además esa vía nos lleva a Maturín—pasamos el río y veo a gente de lo más tranquila bañándose y los carros pasando como si nada—. Ahora sí querida Kim, bienvenida a Río de Oro, por aquí quedan varios pueblos cerca, como agua clarita y otros más que no me voy a poner a decírtelos, desde pequeña fui mala en geografía. Hace silencio por varios segundos, cuando voy hablar me interrumpe. —Ah…Se me olvidaba, estos lados también se le conoce como los Bajos. Esta vez bajo el vidrio y veo a mi alrededor, disfrutando de la vista me quedo anonadada, vamos pasando casitas tras casitas, algunas más modernas que otras se veía, todo es sencillo, humilde y sobre todo verde, se puede ver el campo, toda su inmensidad, no es nada comprado con los llanos, pero se siente como tal. Sigue manejando y cruza a la derecha por un camino de tierra, no duramos mucho hasta llegar a un portón con un cartel bien grande que dice: Villa del campo, veo a los hombres que abren el portón y saludan a Amy. Seguimos y la boca casi me llega al piso. De fondo se ve una casa de dos plantas enorme, y afuera están cuatro hombres altos, musculosos y muy muy guapos. Los identifico por las fotos de las redes de mi amiga, también está una mujer. Los observo y casi se me van los ojos, sí que son muy guapos, estacionamos y bajamos. Mi amiga se baja corriendo hacia un hombre alto fortachón, pelo n***o y de ojos grises. ¡Qué bueno está el papá de Amy! Ya veo de dónde salieron sus hijos. Miro a los otros tres y lo admito casi babeo. Todos parecen sacados de una revista de bomberos, y lo peor casi todos de ojos grises, solo dos de ojos negros. Eso se llama tener buenos genes, la mamá de estos fortachones debió sufrir cuando los parió. Hasta ellos llegó el otro hermano y todos se fundieron en un abrazo, me sentí fuera de lugar. Mi relación con mis padres no es mala, pero lo que ellos transmiten va más allá. Cada uno se compenetra a la perfección, el señor Camilo no parece ser padre de seis hijos, es un cuarentón bien portado y todo sexy. Mis pensamientos me hacen reír, uno de ellos me nota —el más joven— y se queja con su hermana. —Amy ¿Quién es esta belleza y por qué no nos la has presentado? —pregunta. Lo observo bien, detallándolo de pies a cabeza. Alto, pelinegro de ojos grises y sonrisa guasona, su parecido con Alejandro es muy notorio. Creo que en los genes de esta familia está tener ojos grises. Mi amiga carraspea, y su padre dice: —Muchachos ¿Cuáles son esos modales para la señorita? ¿Qué pensará de nosotros? —me rio por su tono, no es que le está dando una reprimenda a sus hijos, es que los está apoyando—. Camilo Montalvo, bella dama —toma mi mano y la besa. Y sí, casi me derrito, que Don Juan. —Encantada Kimberly Andrade —respondo cordial y sin quitarle la mirada de encima. —Un gusto tenerla en mis tierras —añade sonriendo—. Las amigas de mi pequeña son como mis hijas, siéntete en casa. —Papá no seas zalamero —le regaña Amy—. Además, te vas a casar, Amanda ella es mi amiga de la que te hablé. La mujer que se mantuvo en silencio se acerca a mí y me saluda con un beso en el cachete, me agrada inmediatamente. Su mirada y la del padre de Amy se cruzan por unos segundos y me da envidia, el cómo se miran, sus miradas desbordar más amor no pueden, se nota y se siente que están hechos el uno para el otro. —¿Y a nosotros no nos presenta nadie? —refunfuña de nuevo Nathaniel haciéndose el ofendido—. Es injusto, si nosotros somos los jóvenes y no viejito como éste —añade lo último bajito para que su padre no lo escuche. Mi amiga va hablar, pero es interrumpida. —Te estoy escuchando Nathaniel —puntualiza con voz autoritaria—. Además, hijo ¿Qué puedo hacer si se fijan primero en mí que en ustedes? No tengo la culpa de ser el más guapo de esta familia. Eso nos hace reír a todos, ese momento me da alegría y me encanta ser parte de esta familia, aunque sea por unos minutos. —Basta de galanterías por hoy—dice Amy—. Nena, ellos son Fabricio —dice señalando a un pelinegro, alto, de ojos negros. Al llegar fui reconociéndolos y admito que, si Alejandro está que cruje, éste rebasa los límites. Su mirada me deja paralizada transmite peligro, morbo, placer. Todo un pack junto, y no me pasa desapercibido el escaneo que me hace, me está comiendo con la mirada —literalmente— frente a su familia, su vista se posa en mis senos y después llega a mis labios, y luego a mis ojos, tan negros como los de él. Me siento minúscula, ese hombre desbordaba sensualidad—, Javier el chef de la familia —también de ojos negros y alto, hace una reverencia, no sin antes verme los senos—. Y Nathaniel el menor —me ve y muerde su labio, sonrío más, todos son unos seductores. —No soy el menor, lo es Camila. —se defiende de lo dicho por su hermana, se me acerca y como su padre, besa mi mano con galantería—. Un gusto Señorita Andrade. —Igualmente Nathaniel —respondo educada, sin evitar sentirme nerviosa. Mi amiga quiere que pase tres meses aquí y no sé si pueda ser capaz de hacerlo, no con tanto peligro cerca. Cuando Amy me dijo que eran seductores se quedó corta, no había palabra que los definiese, pero ante todos eran muy caballerosos. —No me la atosiguen tanto que me la van a espantar —añade Alejo ganándose una mirada de miedo de sus hermanos—. Ya está apartada, este pequeñín la vio primero que ustedes. Comenzamos a sacar las maletas de la camioneta y el menor de los chicos dice: —Pero si ustedes trajeron equipaje para un año.
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