Evangeline El silencio del ático se me estaba metiendo en los huesos. Era un silencio estéril, con olor a sándalo y a miedo. Me miré las manos; estaban pálidas, casi translúcidas bajo la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. Extrañaba el color. Extrañaba el desorden del óleo bajo mis uñas, pero, por encima de todo, extrañaba el calor del sujeto que me había hecho sentir viva. Extrañaba a Cassian. Al hombre que me había poseído en la penumbra de nuestra luna de miel, aquel que me había hecho olvidar, aunque fuera por unas horas, que mi corazón era una bomba de relojería. Escuché la puerta abrirse. —Todavía estás despierta —dijo. Se había quitado la chaqueta y la camisa blanca estaba abierta en el cuello, revelando esa piel que yo recordaba quemar. —Es difícil dormir cuan

