Cassian La mañana después de la cena con mi madre no trajo la luz, sino una niebla gris que se filtraba entre los rascacielos, ocultando el suelo de Manhattan. En el ático, el ambiente era igual de turbio. Me quedé en el umbral del dormitorio, observando a Eva. Estaba despierta, sentada frente al ventanal con una manta sobre los hombros, pero su mirada estaba a mil kilómetros de distancia. Apenas me prestaba atención. —Miller dice que tus niveles de oxígeno son estables —dije, rompiendo el silencio. Eva no se giró. Sus dedos jugueteaban con el borde de la manta, un movimiento repetitivo que delataba su ansiedad. —¿Por qué no me dijiste lo de la línea de sangre, Cassian? —Su voz era un susurro que cortaba más que un grito—. ¿Por qué ocultaste que este matrimonio no solo era tener una

