Apenas subí al auto, los nervios me acogieron, mis manos temblaban, sudaban y estaban heladas. Javier tocó mi mano y juraría que tuve un micro infarto. - ¿Te sientes bien? —Preguntó preocupado— ¡Estás helada! - No, no es nada —Mentí— Sólo, estoy cansada, es todo. - No te creo nada —Tocó mis mejillas y mi frente— Estas sudando frío. Mejor dejamos todo hasta acá, es suficiente. No quiero que te enfermes. ¿Escuchaste lo mismo que yo? —Pensé impresionada— ¿Don mandón desiste de su “reiniciación”? ¡Gracias al cielo! —Tomé aire y suspiré aliviada. - Se lo agradezco, Señor —Dije finalmente. Nos mantuvimos en silencio durante el recorrido hasta llegar a la casa. De vez en cuando miraba a Javier, mantenía sus cejas hundidas, parecía que algo le inquietaba o le molestaba y eso no me brindaba u

