Sebastián maullaba en la cocina y se cruzaba en mis piernas haciendo que tropezara varias veces. - ¡Sebastián, quédate quieto! —Lo regañé por trigésima sexta vez— Ya te cambié el agua, te llené tu tazón, te di tus bocaditos, tu helado de coco y estuve dándote cariño por lo menos ¡tres horas! - Meo - Si te meas, ¡salte al patio nada más! - Mao, meo - No me contestes así, ¡gato insolente! —Lo hice a un lado con mi pie— Parezco loca hablando con el gato… - No, más loca pareces hablando sola —La voz de Rodrigo me hizo sobresaltar— Al menos con el gatos tienes con quien hablar. - ¿Me estás espiando? —Entrecerré mis ojos. - Pues… —Metió sus manos por la reja de la ventana y las juntó— viendo desde ésta perspectiva… —Miró a los lados— Si, te estoy espiando. - ¡Se le agradece por la since

