VI. El poder de la fe

1581 Palabras
Cael estaba algo satisfecho, veía a esa falsa monja sufrir jornada tras jornada para cumplir las demandas de la madre superiora, no obstante, ella no se rendía, todos los días intentaba algo nuevo para seducirlo, ya había perdido la cuenta de cuanto juguete s****l le ofreció, o cuanta ropa interior se probó para él, cuantas palabras sucias usó, etc… cosa que deseaba desesperadamente que acabara. Para su mala suerte, el exorcista no estaba disponible, así que dejo un mensaje con su asistente, diciendo que lo citaría en cuanto pudiese, debía comenzar a hacerse a la idea de buscar otras formas de deshacerse de Lia, estaba empezando a darse por vencido, y como caída del cielo, la respuesta apareció. La rotación de monjas había terminado, ahora era turno de que trabajara nuevamente con Isabella, le preocupaba que Lía intentase lastimar a su colega favorita, así que tuvo que presentarlas en persona para darle una advertencia a ese demonio. Cael tocó el hombro de la falsa monja para que le prestase atención, ésta dejó de barrer las hojas para voltearse, sin embargo, en cuanto posó sus ojos en la chica que traía consigo, un ligero temblor la invadió. —Hermana Lía, ella es la hermana Isabella, más te vale tratarla bien o te las verás conmigo— murmuró en su oído esto último. —M-mucho gusto— dijo Athalia con dificultad. El sacerdote notó que ese demonio parecía estar incomoda. —Es un placer, las monjas hablan mucho de una nueva compañera que es muy amable. Isabella le extendió la mano para saludarla, la otra se quedó tiesa por unos segundos, Cael le dio un codazo para que respondiera, en el momento que Lía se vio obligada a darle la mano, dicha comenzó a emitir humo y un olor a quemado, Athalia la alejó bruscamente —Si me disculpan tengo cosas que hacer— profirió, huyendo de inmediato. La hermana Isabela se veía nerviosa, debido a falta de autoestima se sintió mal. —¿Habré hecho algo para hacerla enfadar? —Descuide hermana, regrese a sus labores, iré a ver qué le pasa a la hermana Lía. Se apresuró a buscarla, ella no se dio cuenta de su presencia, pero lo que encontró le sorprendió. — fuuu, fuuuuu…. fuuuuuuuuuuuu…— soplaba desesperada intentado detener el dolor de las heridas que se sanaban lentamente hasta desaparecer—… quema, quema, quema… y ¿¡qué fue eso!? ¡MIS OJOS! ¡casi me deja ciega de tanto brillo! — se tallaba bruscamente con el dorso de su brazo para ver si le volvía la vista. El padre no pudo evitar burlarse con perversa satisfacción. — ¡Ja!, por un momento casi me hiciste pensar que eras invulnerable, ¿quién diría que tocar a alguien tan pura te hiciese tanto daño? Le parecía realmente interesante que ningún artículo religioso la lastimara, pero SÍ alguien como la hermana Isabella, quizá era una persona bendita por el mismísimo Dios. Su cara delataba sus pensamientos, así que Athalia lo corrigió. — Hey, ella no es una persona especial, ella tiene verdadera fe y resulta que eso es mortal para un demonio. —Yo también tengo fe en Dios — retruco, insultado de que ninguna de las armas santas a su disposición funcionara—, y no pude ni hacerte un rasguño. —Llegados a este punto no tengo idea de qué eres, no obstante, lo que sí puedo asegurar es que no tienes fe, en nada, ni siquiera por tu Dios. — ¿Disculpa? — ¿Qué? ¿Te molesta la verdad?, cuando me refiero a fe, me refiero a cualquier tipo de fe, la mayoría tiene fe en alguna cosa en mayor o menor medida, los exorcistas por ejemplo pueden cazar demonios porque tienen una gran fe en sí mismos más que en Dios o la iglesia, pero tú, tu no la tienes. No sabía cómo replicar, tal vez tenía razón, aun así, ahora poseía un arma contra ella. —Entonces quizá deba tener a la hermana Isabella a mi lado más seguido —amenazó malicioso. —No te lo recomendaría— contraataco—, aunque ella sea pura, ingenua y honesta, esas cualidades no sirven para vivir en un mundo como éste, simplemente debo corromperla para disminuir su efecto. —Suerte con eso, es la hermana Isabella de la que estamos hablando y viendo que ni siquiera puedes estar más de un minuto frente a ella, no podrás ni tocarla. Athalia sonrió algo cabreada. —Bueno… si tanto quieres retarme, no me odies cuando veas los resultados. Esa noche, Athalia se aseguró de que Cael estuviese profundamente dormido y salió de la casa a hurtadillas. El error del sacerdote fue creer que Lía no podría hacerse cargo de Isabella, parecía no ser consciente de que ella era un verdadero súcubo. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ Al día siguiente Cael saludó a lo lejos a Isabella, quien detuvo su andar hacia el orfanato y volteó para responderle, encontrándola con unas pronunciadas ojeras. —Dios mío, hermana, ¿está bien? — preguntó preocupado. La joven temblaba con una mirada de culpa plasmando su rostro, tenía una sonrisa que le costaba ocultar. — Hola, buenos días~ — antes de que la otra monja pudiese contestar, Lía saludó, quien contrario a Isabella, estaba llena de energía y presumía un cutis radiante, venia más fresca que una lechuga. La joven pelirroja se sobresaltó igual que Cael cuando Athalia colocó su brazo alrededor y caminó junto a ella como si nada. Aquella acción mató las esperanzas del sacerdote, ¿qué estaba pasando?, ¡¿dónde quedó su arma contra ese demonio?! — Hermana Isabella, por qué no se adelanta, tengo algo que discutir con la hermana Lía— intervino. — ¡Sí, padre! — huyó a toda prisa, totalmente sonrojada y apenada. —¿Qué le hiciste? — Reclamó. —Pues… Athalia desvió la mirada, tratando de no hacer enojar a Cael con una sonrisa socarrona. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ Isabella, luego de rezar como todas las noches se metió bajo las cálidas mantas y cerró sus ojos, en cuanto dio la medianoche Athalia uso su poder de intangibilidad para atravesar el techo y bajó delicadamente como una pluma hasta encontrarse cara a cara con la inocente monja. —Awww~, mírenla dormir ¿quién diría que una inocente chiquilla sería tan peligrosa para mí? Se arrodilló a un lado, extendiendo su mano, cerró sus ojos y su cuerpo desprendió un aura dorada. Dentro de sus sueños, Isabella se veía a sí misma como una niña corriendo con un perrito Golden Retriever por un prado soleado lleno de flores, hasta donde alcanzaba la vista, jugando a lanzarle la pelota. Bajo un frondoso árbol, una pareja esperaba a la pequeña sobre un mantel a cuadros, en lo que parecía ser un picnic familiar. Su risita infantil denotaba lo mucho que se divertía. —Isabella — llamó la mujer—, ven a comer cariño. —¡Ya voy! —dijo, acariciando al perrito y agachándose para recoger la pelota. De un momento a otro una sombra obstruyó el sol, y al voltear, se encontró con una hermosa mujer de cabellos rosados que jamás había visto. —Hola pequeña. —Hola —respondió el saludo, algo tímida. —¿Estás aquí con tus padres? El semblante de la niña decayó, una bruma cubrió sus ojitos, parecía querer llorar y finalmente negó con la cabeza. —¿Entonces quiénes son? —¿No lo sé? —¿Cómo no vas saber? —Es que- bueno… ¿si te digo no te reirás de mí? —No, lo prometo. —Son actores de un comercial que vi hace tiempo, nunca tuve unos, por lo que me imagino que así son los padres. La mirada de Athalia se ensombreció, podía entenderla, hubo un tiempo cuando ella tuvo padres, y el suyo las abandonó a su suerte, por lo que le dedicó algunas palabras de consuelo. —Tuviste suerte de no conocerlos, a veces es mejor no tratar con tus padres, alguien que te abandona no tiene el derecho de llamarse a sí mismo padre o madre, solo es una basura irresponsable, no perdiste a tus padres, ellos perdieron una buena hija. Nadie le dijo algo como eso nunca, recordaba a otros niños decirle que la abandonar allí porque no la querían, pensaba que era su culpa, que había hecho algo mal para que sus padres la odiaran, ¿y si ella no era el problema, sino ellos?... por alguna razón eso le hizo sentir mejor. —Gracias —sonrió. Athalia no quería ponerse melancólica por cosas que pertenecían a su distante pasado, tomó aire y se dispuso a hacer lo que mejor sabía. —Ahora que has tomado una nueva perspectiva de tu niña interna, quiero hablar con la Isabela de 18 años si no te importa. —Oh, lo siento. En un parpadeo, la pelirroja había cambiado a su forma adulta. —¿Me buscabas? —En efecto. —¿Te conozco de algún lado?, ¿te pareces mucho a la hermana Lía? Sus ojos dorados brillaron traviesos, cuando menos se dio cuenta ya la tenía recostaba sobre el campo de flores, y el perro y los adultos habían desaparecido. Cualquiera se hubiese puesto nervioso, pero en su inocencia, en ningún momento se le pasó algo malo por la cabeza. Entonces puso sus labios sobre los de Isabella.
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