VII. La “maldad” de los demonios

2308 Palabras
Isabella se puso pálida, apartándola al sentir la lengua de la otra en su cavidad. —¡Somos mujeres, ¿por qué me besas?! —cuestionó alarmada. —Ya veo, parece importarte el hecho de que soy mujer —asintió a manera de comprensión— ¡AH, ¿QUÉ ES ESO? — gritó sorprendida, señalando hacia el otro lado logrando que la otra girará su cabeza para ver a qué se refería. Athalia se convirtió en el sexy chico que intentó fornicar con Cael y cuando la hermana Isabella volteó, quedó embobada por el atractivo de ese apuesto joven. —¿Y-y tú quién eres? —No es necesario que te lo diga. La besó nuevamente consiguiendo una reacción esta vez. Se veía muy excitada, ella no sabía cómo lidiar con todas esas nuevas experiencias. —Nunca has tenido sexo, ¿cierto? —¡No!, como podría atreverme siquiera a pensar eso… es pecado si no se hace para procrear. La súcubo quería reírse de su inocencia, no obstante, se aguantó. —Sabes, en realidad es todo lo contrario, la energía obtenida después de un orgasmo te acerca prácticamente a Dios, es energía divina, la más deliciosa que existe— explicó, relamiéndose los labios. —¿Cómo puede ser posible? La lujuria es mala, es pecado —echó su cabeza hacia atrás al sentir las varoniles manos recorriendo su cuerpo con pericia. —Qué tontería, dividir las cosas en bueno y malo, no hay algo que sea completamente bueno o completamente malo, pero si insistes en clasificarlo el placer es algo positivo, las mujeres tienen un montón de zonas erógenas — dijo, tocando dichas zonas, causando placenteros estremecimientos. Se concentró por complacerla entre sus piernas sin siquiera penetrarla, solo usando su lengua, las mujeres puritanas como ella podrían traumarse si usaba su pene, así que lo mejor era mostrarle el cielo enfocándose en su placer. Aun con su boca ocupada, Athalia seguía tocando, notó que algunas partes de la joven sentían cosquillas y otras provocaban fuego en su interior. —Isabella, recuerda esto... cuando tengas un novio asegúrate de estar consciente sobre lo que te gusta y qué es lo que te incomoda, parte de la intimidad es hacerle saber esas cosas... —¡No puedo! —repeló jadeando—, soy una monja, estoy casada con Jesús. —Jesús tiene mucha suerte— profirió socarrona al verla retorcerse, a su vez que continuaba lamiendo su intimidad. Mientras tanto en el mundo real, luego de un rato, Isabella gritaba envuelta en su orgasmo, apretando las sabanas con fuerza, Athalia la besó, de su boca se escapaba una energía brillante que llenó a la súcubo de inmensa vitalidad, tomó hasta el último rastro y en cuanto estuvo satisfecha se separó de la pelirroja. —Gracias por la comida — le dio un piquito en la mejilla, la arropo y se fue de puntillas para no despertarla. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ A las dos de la mañana, en Oklahoma, un cardenal perseguía intensamente a un joven de dieciséis años que parecía estar fuera de sí, sus venas negras se traslucían en la piel de rostro y brazos, los sonidos guturales, aunque parecidos a los de una bestia salvaje que emitía de su garganta no eran de ningún animal conocido, y sus ojos rojos se movían a todos lados buscando por dónde huir, sin embargo la increíble resistencia y condición del cardenal, junto al sus habilidades de puntería, lograron guiar al demente a un parque. Fu fu fu fu fu, volaron sin descanso varias flechas sagradas en la dirección del macabro objetivo. Desesperado, el demonio intentaba con todas sus fuerzas evitar las flechas disparadas de aquel exorcista, podía sentir la pureza incluso estando tan lejos. — ¡Mierda! ¡Mierda!, tengo que perder a este hijo de **** Viró hacia el extenso parque con la esperanza de ocultarse entre los árboles, hasta que se halló pisando un circulo santo. —¡NO! El solo pararse sobre él, desencadenó un ruidoso trueno que le cayó de lleno, electrificando violentamente su cuerpo en medio de una blanca luz, dejándolo inconsciente. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ —¿¡Que le hiciste!? — cuestionó Cael nuevamente. —Nada, solo le di un placer fuera de este mundo, disfrazado del sexy hombre que rechazaste, y ahora cada que me ve, su fe tambalea por el recuerdo de algo que considera impropio — externó, orgullosa de lograr su cometido. —¡Prometiste que no lastimarías a nadie! — Reclamó. —Por qué asumes que la lastime, al contrario, la trate con mucho amor— dijo ofendida, perdiéndole la importancia segundos después—. Gracias a ti no morí de hambre, eres un buen chico. Le fastidiaba como le agradecía con una mirada irritablemente compasiva y palmeando su hombro. —Bueno, me tengo que ir o la madre superiora me regañara, nos vemos en la noche encanto. Y se fue felizmente entre saltitos. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ Una cubeta de agua helada bañó al de ojos rojos, que despertó de mal humor, encontrándose con que estaba sobre una silla, encadenado sobre otro circulo con runas divinas, el demonio miró con odio al exorcista, quien fumaba una larga pipa tranquilamente, aguardando a que recobrara la conciencia, al notar que había abierto los ojos, dejó caer la ceniza en un peculiar cenicero, se levantó de su asiento sin soltar la pipa. —Mucho gusto, me presento, soy el cardenal Valentino Rossetti, también exorcista del Vaticano, apreciaría que me dijeses tu nombre. —¡Jamás! —Entonces será por la mala— externó estoico. Mientras preparaba sus herramientas el demonio planificaba su escape. —«Que desperdicio, tendré que dejar este cuerpo. Estúpido, las cosas no saldrán como quieres» — pensaba. Abrió su boca para abortar su misión, y algo no está bien, intentó forzar su salida tosiendo e induciéndose vomito con movimientos violentos, y nada funcionaba. —Es inútil— expresó Valentino, tomando un buen frasco de agua bendita. Le abrió la camisa, mostrando que había tallado en su pecho con una navaja otro circulo sagrado, tal, le hacía cautivo del mismo cuerpo que había poseído. —¿Seguro que no me lo dirás? — inquirió sosteniendo el transparente frasco muy cerca de su rostro— Es tu ultima oportunidad, con todas estas precauciones estas más indefenso que un bebé. —¡Ve a joder a tu madre! —Eso me pasa por ser educado—le estrelló el frasco rompiendo el cristal, el líquido le quemaba la cara como si fuese acido. — ¡HAAAAA! — aullaba de dolor. — ¿Y ahora? — ¡PUDRETE, ASQUEROSO BASTARDO! —Bueno. Sacó una daga de plata y en su espalda descubierta le dibujo otra runa sagrada, más gritos salieron de su garganta, esa mierda ardía incluso más que al agua bendita, sentía sus heridas escocer, como cuando te clavan agujas debajo de las uñas o le echan sal a una herida abierta, solo que a la décima potencia, la desventaja de estar en un cuerpo mortal es que sentía los mismos umbrales de dolor de ese humano, que para su desgracia no era muy resistente. Apretaba los dientes con fuerza, la mandíbula le dolía por lo contraída que estaba, después de unos minutos de sufrimiento por fin llegaron a la tercera runa y tomó un descanso para meter la daga en agua bendita, las siguientes runas serían extremadamente dañinas, a este paso se iba a volver loco. — Mocoso, ¡más te vale que no le digas mi nombre! — advirtió, dejándole sentir un par de pulsaciones, repentinamente, su cabeza cayó a un lado como si se desmayara, el cardenal se dio cuenta de su treta. —Demonio cobarde —murmuró. Al abrir los ojos, estos habían dejado de ser rojos, volvieron su color original, le dio una mirada miserable al notarlo acercarse con su daga, envuelto en terror le imploró. —Por favor, señor… DÉJEME IR. Valentino, dio una calada profunda a su pipa. —De acuerdo. Dime su nombre Su rostro lleno de esperanza decayó al escuchar la condición, —N-no lo sé… no me lo dijo. La sonrisa tranquila que le dio era perturbadora, porque detrás de ella se escondía alguien despiadado y él joven podía sentirlo. —Niño, ¿crees que soy idiota? Lo agarró bruscamente del cabello dándole una mirada aterradora. —Para poder invocar a un demonio de verdad, debes hacerlo por su nombre y con un sacrificio, sin un nombre no puedes traerlo y mucho menos ordenarle, así que dímelo mientras sigo siendo amable, ¿cuál es su nombre? — siseó. — ¡No lo sé! —Veo que has decido jugar el juego de la ignorancia, bien, entonces sufre junto a tu compañero satánico. Le clavó nuevamente la daga y ardía como el infierno. —AHHHH ¡UHAAAAAA! — Mientras tengas a ese demonio en tu interior sentirás los estragos de las armas sagradas, y a menos que lo expulse seguirás sufriendo, ASI QUE DIMELO. —No. Dibujaba una quinta runa en sus costillas y los gritos inundaban gruesas lagrimas salían de sus ojos azules, se iba a desvanecer del suplicio, pero el cardenal no se lo permitió, le dio una fuerte bofetada que lo regresó. —Dímelo. —¡No! —Oveja descarriada y terca, solo estás retrasando lo inevitable. Siguió cortando hasta la séptima runa, sin embargo, se empecinaba en guárdaselo. Uso la ceniza que había guardado de la pipa, dibujando una runa sagrada muy diferente a las otras en su frente y murmurando una oración, le causó un dolor de cabeza insoportable, oía los ecos de los ángeles, sus oídos literalmente sangraban, ya no podía más y por fin dijo el nombre. —¡Alastor! ¡ES ALASTOR! Te lo ruego, ya no más… me voy a morir… no quiero morir… Apenas estaba en sus sentidos, es dolor era agonizante, a este pasó en verdad fallecería. —Ves, no era tan difícil. El cardenal colocó su mano derecha sobre la coronilla del chico, quien observó aterrado la sonrisita de ese exorcista. —Lo lamento, esto te dolerá más que todo lo que te he hecho. Y así fue, en cuanto comenzó a recitar palabras en latín, como un rezo, palabras que no entendía, sin embargo, sentía como si sus órganos explotaran desde adentro, su piel enrojecida, se levantaba por diversos lados de forma caótica, igual que un globo al que le entra aire por todos lados y sus terminaciones nerviosas se consumían en agonía, la tortura era horrible, solo quería que acabara con su sufrimiento incluso si eso lo mataba, era increíble como cambiaba de parecer, ahora la muerte se veía más atractiva… ¿por qué?, ¿por qué él tenía que pagar por los pecados de otros?, hasta que conoció a Alastor, nunca había dañado a nadie en toda su vida, solo quería una forma de defenderse, de no seguir sintiéndose una patética masa que solo se trataba de mantener con vida a pesar del miedo que otros causaban en él. Y el ultimo verso se escuchó con voz profunda. — Praecipio tibi Alastor, daemoni tenebroso, ut cognoscas virtutem Iesu Christi ... ... Praecipio tibi, Satana, exi de hac creatura, ite, ite in nomine “Patris et Filii et Spiritus Sancti”. Amen. Afónico por tanto gritar, percibió como una blanca luz lo llenó desde adentro, eliminando cualquier rastro del demonio que había invocado. Sus ojos desenfocados poco a poco se fueron recuperando igual que sus sentidos, humo escapaba por sus poros, estaba destrozado, física y psicológicamente. Valentino limpió tranquilamente sus herramientas, estaba bastante complacido por el resultado, salvó al chico, quien comenzó a reprocharle. —Debiste dejar-me morir…— reprochó con voz apagada. —Dijiste que querías vivir. No tengo derecho de tomar una vida dada por Dios. —¿Dios? ¿Dónde estaba Dios cuando me acosaban? ¿Dónde estaba Dios cuando me lastimaban? ¿DÓNDE ESTABA DIOS CUANDO LLORABA IMPLORANDO CLEMENCIA A MIS AGRESORES?... Me faltó un último imbécil…— lloraba de rabia por no poder acabar con él. —No me interesa tu miserable y patética vida, si quieres matar a alguien hazlo tú mismo, no invoques algo tan peligroso como un demonio solo porque no quieres ensuciarte las manos, por supuesto no recomiendo eso tampoco, no solo terminarás juzgado por la justicia, sino también por el supremo — declaró, cerrando su maletín— además, deberías agradecerme, envié a ese demonio al agujero donde salió antes de que cumpliera su trato contigo, tu alma estará a salvo el día que mueras. Dios es la salvación. Confiaré y no temeré, porque el Señor es mi fortaleza y mi guía. Se persignó, desatándolo y retirándose de allí, dejando al joven desolado, sollozando sin parar. ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ ✝ El exorcista se daba una ducha para purificar su cuerpo de toda la inmundicia vivida, el agua se llevaba el sudor y la sangre, prueba del trabajo en esa larga noche, deseaba descansar, pero el amanecer lo había alcanzado, debía desocupar pronto la habitación, empacaba sus cosas cuando recibió una llamada. —Buenos días cardenal Rossetti, disculpe que lo interrumpa, ¿ha terminado su misión? —Sí, lo he hecho impecablemente gracias a Dios, ¿hay algo nuevo? —No estoy seguro, un sacerdote de la comunidad de santa Sofía en Milán, dijo tiene un asunto importante que tratar con usted, pide que concreten una cita lo más pronto posible. —Bien, resérvame un vuelo a Milán, pasare a verlo antes de regresar al Vaticano. —Sí señor. Colgó serio, tenía un siniestro presentimiento, pero sea lo que sea, se encargaría de ello, tomó su maleta y cerró la puerta con un chirrido hasta que su silueta desapareció.
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