Capitulo 38

846 Palabras

La habitación principal era un refugio de seda y penumbra, pero para mí, aquella noche, se sentía como una celda dorada. Parker me había recostado sobre la cama como si fuera una muñeca de porcelana a punto de quebrarse. Sus manos, que antes de nuestra boda solían ser distantes, ahora se movían con una eficiencia clínica y una suavidad que me resultaba extrañamente perturbadora. —¿Dónde está Emma? —pregunté, con la voz apenas audible a través de los labios hinchados. El eco de la bofetada de mi padre todavía zumbaba en mis oídos, una frecuencia baja de dolor que no cesaba. Parker, que estaba empapando un algodón en antiséptico, se detuvo un instante. Sus ojos, oscuros y opacos, se clavaron en los míos. —Está dormida en la habitación contigua. Mis padres se encargarán de ella hasta mañan

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