—Pasa, Clara —dije, intentando que mi voz sonara monótona y profesional. Mi asistente entró, cargada de carpetas. Se detuvo frente al escritorio, sin sospechar que a escasos centímetros de sus pies, el hombre que ella consideraba el nuevo director creativo estaba en cuclillas, conteniendo el aliento. —Aquí tiene, señora. He ordenado todo tal como pidió —dijo Clara, dejando los documentos sobre la mesa. —Gracias, Clara. Déjalos ahí. ¿Hay algo más? —No, señora. Solo quería confirmar que la reunión de las diez sigue en pie. El señor Kensington ha preguntado por usted. Sentí que me ahogaba. Estaba hablando con mi asistente mientras, debajo del escritorio, sentía el movimiento de James. Un movimiento que, lejos de ser el de alguien que se ocultaba, era un desafío. De repente, sentí un roc

