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Mi hija quiere un papá

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Oficina/lugar de trabajo
crush de la infancia
de enemigos a amantes
love at the first sight
seductive
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Descripción

Ser madre soltera es todo menos tener la vida fácil, y Elena lo sabe bien. Alma, su pequeña, llena su mundo de risas, travesuras y caos, mientras ella intenta mantener todo en orden. Hasta que aparece Adrián. Un hombre guapo y millonario que parece saber exactamente cómo tratar, cómo acercarse, cómo encender algo en ella que creía dormido. Cada encuentro es un juego de nunca acabar, de palabras cargadas de tensión y seducción, que hace que su corazón se acelere y su cuerpo no olvide ni un roce de él. Amar de nuevo parecía imposible para Elena, no después de lo que vivió con su ex… hasta que Adrián apareció y convirtió su vida en un peligro delicioso que ella no quiere evitar.

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Ella es mi vida
ELENA Dicen que ser madre es uno de los trabajos más difíciles que existen. Tienen razón. Cuando descubrí que estaba embarazada hace tantos años, pensé que sería pan comido. Aunque no soy tonta. Sabía que, por supuesto, criar a un hijo supondría un reto, sobre todo si lo haces sola, pero aún así tenía la esperanza de que no fuera tan difícil como dice la gente. Me equivoqué. Claro que todo el mundo tiene esos días en los que todo sale más o menos bien. Tu hijo está feliz y no tienes ningún problema, salvo el caos habitual que conlleva tener un hijo. Pero también hay días en los que te dan ganas de tirarte de los pelos. Esos días en los que, sinceramente, solo quieres meterte en la cama y no salir nunca más. Ser madre soltera con dificultades hace que sientas esos días más de lo que la gente podría pensar. Por supuesto que amo a mi hija. Ella es mi orgullo y mi alegría. No me arrepiento de haberla tenido y nunca lo haré. Ella lo es todo para mí y nada puede cambiar eso. Siempre estaré feliz de ser su madre, sin importar lo difíciles que sean los días o lo frustrada que me haga sentir cuando no me escucha. Ella es mi vida. —¡Alma Victoria Montenegro! ¡Más te vale volver aquí y limpiar este desastre!—, le grité a mi hija de seis años, que se alejó corriendo de mí, riéndose a carcajadas. Negué con la cabeza y crucé los brazos mientras observaba el desastre que había montado en el salón. Había juguetes esparcidos por todas partes y una maceta rota tirada en el suelo junto a mis pies descalzos. No miento que esta niña a veces me da ganas de gritar. Esto pasa casi todos los días con la pequeña Alma. La dejo entrar en el salón para que juegue y luego vuelvo y me encuentro sus juguetes por todas partes y a ella huyendo de mí mientras le grito. Al principio era divertido, pero ahora no lo soporto. —¡Mamá! ¡Al escondite!—, gritó la pequeña, seguida de una risita. Sonreí y fui a buscarla por toda la casa. Miré en su habitación y revisé su cuarto del castillo de princesas. Alguien de mi iglesia tuvo la amabilidad de construirlo para la pequeña Alma. Dios sabe que yo no habría podido pagarlo ni construir algo así. Oí una suave risita que venía del armario y sonreí. Me acerqué de puntillas al armario y abrí la puerta. Sonreí y la cogí en brazos, lo que la hizo chillar. —Mamá—, gritó mientras se reía tiernamente y yo le hacía cosquillas en los costaditos. Le di un beso en sus preciosas mejillas y la llevé a la cocina. —Ve a recoger esos juguetes, Alma—, le dije mientras la bajaba, y la vi asentir y correr a hacer lo que le había dicho. Asentí y seguí preparando el almuerzo. Rollitos de queso y beicon. Serví la comida en un plato, lo puse sobre la mesa y recogí todo. La gente siempre espera que las madres sean las personas que lo tienen todo bajo control, pero lo que no se dan cuenta es que las madres son de las pocas personas que nunca lo tienen realmente bajo control. Sí, puede que nos mostremos como personas organizadas, pero las madres son, en secreto, los seres humanos más desorganizados que jamás hayas conocido. Tenemos que asegurarnos de parecer fuertes y organizadas ante nuestros hijos. La gente parece olvidar que un niño es más observador de lo que parece. Observan y siguen cada uno de tus movimientos, independientemente de lo que puedas pensar. Por eso los niños repiten lo que dicen sus padres o hermanos, o por eso crecen con los mismos hábitos que la persona con la que han estado. —Alma, ven a comer—, le grité mientras le servía un poco de zumo de manzana y lo colocaba en la mesa junto a la comida. Oí una risita antes de verla entrar corriendo en la habitación. Se sentó a la mesa y me sonrió, susurrando un “gracias”. Le devolví la sonrisa antes de irme a mi habitación, una vez que me aseguré de que estaba bien. Cogí mi portátil y busqué lugares de vacaciones a los que llevar a Alma por su cumpleaños. He estado ahorrando para que sea un día especial para ella. Siempre intento que sus cumpleaños sean geniales de la mejor manera posible. Puede que mi vida sea humilde, pero siempre intento asegurarme de que ella esté feliz. Aunque a veces me cueste más de lo que puedo permitirme. —Mamá, ¿podemos ir al parque? Por favor, por favor—, dijo Alma entrando corriendo en la habitación antes de saltar sobre la cama. Sonreí, la cogí en brazos y le di un beso en la mejilla. —¿Has recogido todo?—, le pregunto. —Sí, mami. —Entonces, por supuesto, pequeña—, dije levantándome mientras cerraba mi portátil. Ella gritó: —¡Sí!— y salió corriendo, probablemente para ponerse los zapatos. Me puse los zapatos, caminé hacia la puerta principal y cogí mi teléfono y mi bolso. —Vamos, cariño—, le dije, cogiéndole de la mano y acompañándola al coche después de cerrar la puerta principal. * ADRIÁN —Milo, ven aquí—, le dije a mi perro mientras me sentaba en el sofá. Suspiré cuando se tumbó a mis pies. Sonreí y le acaricié detrás de las orejas. —Es tan bonito, pero ¿por qué le has puesto el nombre de Milo?—, dijo mi amigo Nando mirando a Milo. Fruncí el ceño al pensar en por qué le había puesto ese nombre. Levanté la vista hacia Nando y suspiré. —Creo que lo llamé así porque, cuando lo compré, fuimos a un sitio francés donde admitían perros. Se quedó mirando un adorno con ese nombre y no sé. Simplemente se me ocurrió ese nombre y lo dejé así—, dije encogiéndome de hombros mientras cogía a Milo. Probablemente debería cambiárselo. Nando es mi amigo desde que teníamos cinco años. Nuestros padres nos enviaron juntos a jugar. Desde ese día, siempre hemos estado juntos pasando el rato. Recuerdo que nuestros otros amigos solían pensar que éramos gays y que salíamos juntos. Durante un año, tuve que esforzarme al máximo para convencerlos de que no éramos gays. Es muy molesto, por cierto. —Bueno, es tierno, pero tengo que irme. Tengo a una chica esperándome—, dijo Nando mientras se levantaba de su sitio a mi lado. Asentí y me levanté, agarrando la correa de Milo mientras lo seguía hasta la puerta. —Ya que te vas, supongo que me llevaré a Milo al parque—, murmuré mientras salía por la puerta con la cola de Milo golpeándome continuamente la parte de atrás de la pierna. Puse los ojos en blanco, lo cogí en brazos, le puse la correa y luego lo volví a bajar. —¿Qué tal si vamos al parque, eh?—, le dije a Milo, aunque estoy seguro de que ni siquiera sabe lo que le digo.

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