—Buenos días —murmuran en mi oído. Intento moverme y estirarme, pero no puedo. Alexander está pegado a mi espalda con su cabeza en mi cuello. —Tengo hambre —digo con la voz ronca. —Hubieras comido si anoche no te hubieras dormido —responde. Hummmm... anoche. —Tengo hambre —repito y entierro mi cara en la almohada. Alexander se separa de mi y me quejo. Solo se ríe y sale de la cama. Yo sigo sin despegar la cara de la almohada. —Siéntate, tengo aquí tu desayuno —dice con con voz risueña. Podría acostumbrarme a esto sin problemas. —¡Tengo hambre! —grito nuevamente. La almohada amortigua mi grito, por lo que no se entiende lo que digo. —Deja de protestar y siéntate de una vez —grita en respuesta. —Bueno —grito nuevamente. —¿Por qué gritamos? —grita mirándome divertido. —Porque te

