1. Mesa equivocada
Lena
― Lena en la mesa dos hay un cliente importante. Deberías atenderlo tú personalmente.
La sugerencia de mi madre me hizo pensar dos cosas: Uno, nunca había considerado lograr lo que anhelaba con ayuda de influencias o sobrepasando mi dignidad y dos, que mi madre daba mucha atención a los clientes ricos, solo por eso, por tener dinero. Es cierto, el mundo se mueve por ello, por influencias y poder. Pero desde que estaba al frente del local, quería transformarlo en un lugar seguro y ameno para todos.
Observé a mamá un poco incrédula. Ella se limitó a regañarme con su mirada feroz al notar que no cedería a su petición. Así que debía responderle.
― Todos los clientes son igual de importante en este lugar mamá.
― Lena quizá sea una oportunidad para…
La interrumpí.
― No, hoy es mi día atender la caja registradora, le diré a Padme que lo haga ella.
Mis padres, hacía tres años decidieron fundar una cafetería en el centro de la ciudad. La establecieron en el local que mi abuelo Frank heredó a mi padre. La visionaria había sido mi mamá. Siempre habían anhelado un negocio familiar que nos diera lo necesario para vivir. Y lo habían logrado, siendo un equipo, siendo buenos compañeros. Por ello, la cafetería era tan importante para mí. Era nuestro legado como la familia Doyle. Además nuestro establecimiento había adquirido cierta fama en la ciudad. Nos estaba yendo bien, gracias a nuestra perseverancia y las ideas innovadoras.
Llamé a Padme a traves de los micrófonos incorporados.
― La mesa dos es tuya.
― Voy en este momento.
Respondió.
Luego de darle la orden me dispuse a solicitar el pedido de postres exclusivos de la repostería Inglesa Pero no habían tomado mi orden correctamente.
― Yo solicité dos órdenes de Crumbles. Una de Custard, una de fairy cake, y tres Red velvet.
― No señorita, aquí aparece que pidió solo un Red Velvet.
― ¿Tiene otro para agregar a mi pedido de esta noche?
Lo sentimos, Red Velvet solo hay uno. Los demás son de queso, de fresa, y duraznos.
― Bueno, entonces solo uno.
En ese momento Padme llegó aturdida con sus ojos rojizos y cuando pensé que no podía ser algo grave, ella se abalanzó sobre mí y sus lágrimas empezaron a mojar mi hombro. Me abrazaba tan fuerte que ahí entendí que sí se trataba de algo fuerte.
― ¿Que ha sucedido?
Pregunté mientras acariciaba su cabello para tranquilizarla. Padme era una chica trabajadora e inquebrantable. Por ello necesitaba saber qué era lo que le había sucedido y la había hecho derrumbarse a tal escala.
― El hombre de la mesa dos ha tocado uno de mis senos.
Sollozó en medio del llanto.
No podía creerlo. Cada vez eran más los sinvergüenzas capaces de hacer acciones tan bajas, pero tocar a una mujer en un lugar público no tenía nombre. No podía quedarme de brazos cruzados. No cuando estaba en mi territorio y podía dejar en claro a todos que un acto de tal magnitud no podía quedar impune.
― ¿Que has hecho al respecto?
― No hice nada, solo huí. Me he sentido impotente.
Yo no me sentía impotente. Al contrario. Yo quería ver al culpable y hacerle pagar su perversión.
― Espérame aquí. Iré a poner en su sitio a ese ese hombre.
Ella se sentó al lado de la cocina sollozando.
Estaba airada cuando lo vi. Mi mente solo podía pensar en lo asqueroso que era. No me importó que era un hombre imponente y atractivo. Sus ojos azules revisando su teléfono.
Estaba ahí, frente a él, con mis manos tensadas formando puños. Y lo único que pude pensar fue en darle su merecido, que supiese que no podía ir por la vida acosando mujeres. Quería que se arrepintiera y pidiese perdón. Tenía que pagar por las lágrimas y el mal momento que vivió Padme.
Me planté frente a él. Tomé el café que estaba en su mesa, el cual él había descuidado por el uso del teléfono y se lo arrojé en el rostro sin pensarlo dos veces. La ira me consumía.
Él quedó estático al sentir el café impactar con su rostro y cómo este bajaba por su traje elegante y fino, mojando todo a su paso. Levantó su mirada sin saber qué pasaba... y me vio, con sus ojos como dos llamas en medio de la oscuridad. A pesar de ello, no me inmuté. El que debía sentir vergüenza era él, no yo.
Además tampoco me quedaría callada.
― Eres un idiota. Esta es una cafetería decente, no puedes venir a agredir a una de nuestras empleadas. Te mereces esto y mucho más. ¡Asqueroso!
Por unos segundos quitó su atención de mí y la dirigió a su móvil, el cual se había mojado también. Luego levantó la mirada de nuevo y sonrió de lado con tanta calma. No podía creer su cinismo. Luego comprendí que sólo buscaba intimidarme, pero no lo lograría.
Hasta que finalmente habló.
― ¿Sabes lo que acabas de hacer?
Su voz era grave y serena.
— ¿Darle su merecido a un acosador como tú?
— Acabas de ganarte una demanda por agresión y difamación. ¿Cuál es tu nombre?
Preguntó con su voz ya enfadada.
― No te lo diré.
Respondí con determinación. Entonces volvió a preguntar.
— ¿Cuál es tu nombre?
Hubo silencio como respuesta.
― Entonces tendré que averiguarlo poŕ mi cuenta pero lamentarás haberme llamado idiota y haber hecho esto.
Señaló las consecuencias de haberle arrojado el café. Sus ojos azules parecían que me atravesaban.
― ¿Ocurre algo?
Mi madre apareció tras de mí al notar el alboroto. Los demás clientes también murmuraban entre sí viendo la bochornosa escena. Quería creer que estaban conmigo, que también detestaban las injusticias, pero al parecer veían la escena porque el hombre frente mí y a quien había llamado idiota, era alguien reconocido.
― Este hombre intentó sobrepsarse con Padme.
Mi madre al notar quien era se fue de espalda y golpeó mi brazo.
― Discúlpela señor, mi hija seguramente lo ha confundido.
Después preguntó a mi oído.
― ¿Acaso no sabes quién es?
Negué
― Su hija me ha llamado idiota y me ha acusado de agredir a una señorita. Una disculpa ahora no bastaría.
― Llamemos a Padme para que nos aclare el asunto.
Mama sugirió.
― No es necesario. Sabrán de mí dentro de poco y no para bien.
El hombre me dedicó una última mirada lúgubre, intimidante, todo lo atractivo lo contrarrestaba la dureza de sus facciones que demostraban su enojo. Se levantó y se fue con su arrogancia. Ni siquiera le importó irse con su traje húmedo.
Padme apareció a nuestras espaldas.
― Él no era el cliente que me agredió. Ese está allá.
Gire y vi a un hombre mayor de unos sesenta años que disfrutaba tranquilamente de su café, después de actuar como un viejito pervertido.
― Te dije mesa doce.
Me corrigió Padme.
― Y tú escuchaste mesa dos. ¿En dónde tienes la cabeza?
Mamá regañó.
― El hombre al que acabas de agredir y acusar de acoso es nada más ni nada menos que Raffael Dunne, Millonario presidente de la compañía RED. Ahora el señor Dunne querrá acabarnos.
Mi mamá se mareó de la preocupación y tuvimos que estabilizarla. Padme se quedó con ella a su lado mientras yo fui al baño y me vi frente al espejo, preguntándome
¿Qué carajo acababa de hacer?
Golpee mi frente con la mano. Había sido una tonta. Había hecho enojar a un millonario, el presidente del grupo RED, la agencia de publicidad más importante del país.