TREINTA Llegó el sábado, y Rachel estaba ciertamente emocionada ante la perspectiva de unir a la pareja mayor en matrimonio. Le encantaban las bodas. Siempre la dejaban con un sentimiento romántico durante días. Mientras miraba en su armario, recordó su propia boda. Había sido extravagante y divertida. Pero esos recuerdos tendrían que esperar. Ese día tenía que pensar en qué ponerse para esa boda. —¿A qué hora es la boda? —preguntó Joe al salir del baño, donde acababa de terminar de ducharse. —Al mediodía. En el jardín. —¿Puedo vestirme de manera informal? —Claro, no estás en la fiesta de la boda. —Ella siguió deslizando perchas hasta que encontró el vestido perfecto: el rosa. Era entallado, de líneas definidas, y lo suficientemente fresco para el sol del mediodía. También tenía unos

