TREINTA Y UNO Una semana después, Charles entró bruscamente en el despacho de Rachel. No había concertado una cita, como era su costumbre, así que ella se sorprendió al verlo. —Hola, Charles. —Sí, Rachel, buenos días. —Se dejó caer en la silla. Sus piernas huesudas asomaban por debajo de sus pantalones cortos azules—. Acabo de salir de la oficina del abogado. —Oh, bien. ¿Qué ha dicho? —Ella puso el bolígrafo que tenía en la mano sobre el escritorio y escuchó atentamente. —La sugerencia del abogado es que envíe una carta certificada a John Brigham exigiendo que nunca celebre una partida de póker ni cualquier otro tipo de juego en su residencia. Dijo que la carta que redactó diría que, si tal actividad continuaba, la asociación de condominios buscaría compensación, lo que podría signifi

