VEINTE Rachel y Joe estaban tomando su café matutino. Era domingo, así que podían estar un poco más tranquilos que los días de trabajo. Joe tenía el periódico extendido frente a él en la mesa del comedor. Rufus se acercó y apoyó la cabeza en su rodilla. —Buen chico, Rufus. —Acarició la cabeza del perro. Se abrió la puerta que conducía al pasillo, donde se encontraba el dormitorio de Angie. —Buenos días —saludó al entrar, teniendo cuidado de cerrar la puerta. —Hola, cariño —expresó Rachel—. Hay café si quieres. —De acuerdo. —Angie se sirvió una taza de la jarra que había en el centro de la mesa, añadió estevia y un chorrito de crema con sabor a vainilla, y se sentó en una silla. —¿Cómo fue la cita? —preguntó Joe. Angie dudó. —Bien. —¿Solo bien? —preguntó Rachel. —Tal vez ni siqui

