Capítulo 3

1795 Palabras
TRES Rachel se sentó en la silla detrás de su escritorio, encantada de estar en su despacho. No era un despacho grande, pero tenía el tamaño suficiente para acomodar varios archivadores, su mesa y su silla, y la silla de invitados colocada delante. Detrás de ella estaba la mini nevera donde guardaba las botellas de agua. Todas las paredes, excepto una, eran de vidrio, lo que le daba la ventaja de ver a quien se acercaba, ya fuera desde fuera o desde dentro del edificio. Se puso alegremente la gorra de administradora de condominio y se deshizo del sombrero de madre. Fuera lo que fuera que trajera el día, estaba ansiosa por recibir cada acontecimiento. LuAnn Riley fue la primera en entrar por la puerta. Su pelo rubio le caía por encima de los hombros, como cabría esperar de una cantante de country. Podría haber pasado por la hermana de Dolly Parton, ya que tenía una cara similar con una figura que hacía juego. Y las uñas largas. —Hola, cariño. —Toma asiento —invitó Rachel, señalando la silla frente al escritorio—. ¿Qué pasa? —Quería saber si tú y Joe querrían venir a escucharme cantar este fin de semana y conocer a Derks. —Su bonita cara brillaba de alegría. Derks Ford era el novio de LuAnn. Eran bastante nuevos como pareja, pero la situación parecía prometedora, según LuAnn. —Creo que podemos hacerlo —contestó Rachel—. ¿Te importa si llevamos a Angie? —¿Quién es Angie? —Nuestra hija. Está de visita. —Oh, cariño, eso sería maravilloso. Vengan y traigan a Angie. Lo pasará bien. —Sí, creo que lo disfrutaría. —¿Cuánto tiempo estará de visita? —Esa es una muy buena pregunta —señaló Rachel con un suspiro—. No tengo ni idea. —Oh, una de esas situaciones. —LuAnn asintió con la cabeza como si lo entendiera. Aunque había estado casada tres veces, no tenía hijos. —Sí, pero Joe está realmente de acuerdo esta vez. No creo que ceda a sus caprichos. —No hay nada como una hija que le bate las pestañas a su papi. Siempre funciona —afirmó LuAnn—. Lo hizo para mí. —¿Nos encontraremos más tarde en la casa club? —preguntó Rachel. —Estaré allí a las cinco. Tengo que hacer algunos recados y luego me haré las uñas. —LuAnn extendió una mano y movió los dedos. —Nos vemos entonces. Apenas se cerró la puerta, Ruby Moskowitz entró en la oficina. Era la residente más extravagante del edificio. Su ropa preferida era un traje de baño que dejaba al descubierto todo lo que nadie quería ver. A la edad de noventa y tantos años, lo único que tenía para exponer eran las extremidades flacas adornadas por articulaciones nudosas con piel arrugada como cobertura. Con el pelo rojo encendido amontonado en la parte superior de la cabeza y el lápiz de labios rojo, era todo un espectáculo para la vista mientras se pavoneaba alrededor de la piscina, haciendo su mejor paseo de modelo. —Hola, Ruby —saludó Rachel. La anciana le caía bastante bien, a pesar del fuerte olor a gardenia que la seguía a todas partes. Aunque la mayoría de las residentes pensaba que era descarada, sobre todo por sus celos, Rachel conocía su lado compasivo. —Hola. Solo quería que supieras que Loretta está mal. —Por la forma en que Ruby hizo su declaración, a Rachel le pareció que estaba más que preocupada. —¿Qué le pasa? —Bueno, no estoy segura —respondió ella, sentándose en la silla frente al escritorio—. Tose mucho. Le dije que fuera al médico, pero no quiere. Odia a los médicos; dice que, en su lugar, tomará un medicamento para la tos. —Una mujer de su edad no debería andar con una tos. —Lo sé. Se lo dije. —¿Quieres que hable con ella? —Todavía no. Si no puedo hacérselo entender, te lo haré saber. La puerta del despacho se abrió, y Joe asomó la cabeza. —Para que sepas, el nuevo inquilino se está mudando al octavo piso. —Vale, gracias, Joe —respondió Rachel, y se volvió hacia Ruby. —Así que voy a recoger un poco de sopa de fideos y pollo para Loretta —continuó Ruby, poniéndose de pie—. No puede hacer daño, y podría ayudar. —Buena idea, Ruby. Mantenme informada, ¿de acuerdo? —Lo haré. Cuando Ruby se fue, Rachel se quedó pensativa. Loretta era una mujer elegante de unos ochenta años. Era una buena mujer cristiana con un pasado que nadie habría adivinado por las apariencias actuales. Loretta había sido una detective de alto nivel en Nevada. Ruby era su informante confidencial, que aportaba información importante sobre la élite influyente con la que se relacionaba debido a su prominencia como modelo. Las mujeres no se habían visto en décadas. Ruby se había alejado deliberadamente porque temía las repercusiones de algunos de los liberados de la prisión, que podrían ir a buscar a Loretta. Luego, cuando Loretta se había mudado casualmente al mismo piso, Ruby había vuelto a tener miedo de ser descubierta y había seguido evitándola. No había sido hasta hacía poco que se habían hecho muy amigas, e incluso habían hecho un crucero por Hawái juntas. Rachel respetaba mucho la sabiduría de Loretta y le había pedido consejo en el pasado. —Basta —expresó Rachel en voz alta. Tenía trabajo que hacer. Subió en el ascensor hasta el octavo piso, donde el nuevo inquilino se estaba mudando a un apartamento. Y no era un apartamento cualquiera. Era el mismo en el que había vivido su amiga Eneida, hasta que había sido asesinada. En esa unidad. La Policía había tardado semanas en autorizar la entrada. Los propietarios del condominio habían acabado por embargarlo y habían tenido que pagar las reformas. Después de haber reparado la pared en la que se había retirado una parte como prueba y de haberla pintado, se había retirado la moqueta y se habían instalado baldosas en su lugar. Rachel se preguntaba si alguna vez se alquilaría o se compraría. Salió del ascensor y se dirigió a la pasarela que se extendía al exterior a través de cada una de las doce plantas del condominio. Era una pasarela abierta con una valla de hierro para evitar que alguien cayera. Al instante, vio el movimiento de personas que entraban en la unidad anteriormente vacía. Varios hombres levantaban muebles y cajas. Parecía que se había contratado a un equipo profesional para llevar a cabo esa mudanza para el nuevo residente. Rachel se acercó a la puerta donde se desarrollaba toda la acción, y un joven asomó la cabeza. Era moreno, bien afeitado y bastante guapo. Llevaba una camiseta negra, vaqueros negros y era de cuerpo delgado. —Hola, soy Rachel Barnes, la administradora del condominio —se presentó, extendiendo su mano hacia él. —Sí, genial, soy Josh —respondió, extendiendo su mano también—. Josh Brigham. Me estoy mudando ahora. —Le sonrió. Era alto, mucho más alto que Rachel. —¿Va todo bien? —preguntó ella. —Oh, sí, ¿qué podría estar mal? —Josh le sonrió ampliamente. —Espero que nada. Si tiene algún problema, hágamelo saber. Mi oficina está en el primer piso. —No preveo ningún problema. Gracias por preocuparse. —No hay problema, Josh. —Ella se dio vuelta para irse. La impresión inmediata de Rachel fue la de un joven muy educado. Sin embargo, al ser joven, esperaba que su comportamiento juvenil no se convirtiera en un problema. No pudo evitar preguntarse por qué se mudaba a un condominio para mayores de cincuenta años. ¿Quizás era el hijo del nuevo residente, y lo estaba ayudando a mudarse? No lo sabía, así que decidió hablar con el presidente de la junta directiva del condominio y con el propio solicitante. Cuando volvió a su despacho, sacó la solicitud de residencia y llamó al solicitante, John Brigham. —Sí —atendió una voz masculina. —Hola, soy Rachel Barnes, la gerente de los condominios Breezeway, a los que se va a mudar. —Vale, sí. —Hizo una pausa, esperando su respuesta. —Bueno, hoy conocí a un joven que imagino que es su hijo. Su nombre era Josh. —Rachel no escuchó ninguna respuesta a su pregunta, así que continuó—: De todos modos, fue muy educado y, supongo, supervisó la mudanza. No lo he conocido, personalmente, señor Brigham, solo tengo el papeleo aquí en mi escritorio que muestra que usted compró una unidad. Supongo que es su hijo. Quiero decir, a los menores de cincuenta años no se les permite comprar una unidad de condominio aquí. Hubo un breve silencio antes de que el hombre hablara. —Ese es mi condominio. Pero no hay necesidad de preocuparse, jovencita. —¿Qué? —Estaré en la ciudad en unos días. Josh se está encargando de todo, así que no se preocupe —respondió el hombre. —Solo preguntaba... —Como he dicho, estaré en la ciudad pronto. Josh se encargará de todo en mi ausencia, así que no hay razón para su preocupación. Estoy deseando conocerla. Y con eso, el hombre colgó el teléfono. Rachel se sentó en su silla, sin saber qué hacer con la conversación. Le gustaría que el presidente del condominio fuera más comunicativo en esos asuntos. ¿Cómo iba a saber lo que ocurría con las ventas de las unidades si no estaba informada? Se trataba de una situación única en la que la comunidad de propietarios había ejecutado la hipoteca de la unidad y la había revendido. No se le había informado sobre los nuevos propietarios, salvo para saber los nombres y la fecha aproximada de llegada. La siguiente llamada que hizo Rachel fue al presidente de la junta directiva del condominio, Charles Amos. —Hola, Rachel. ¿Qué puedo hacer por ti hoy? —Charles sonaba alegre. —Mi llamada es con respecto a los Brigham. El hijo está mudando todo hoy. Su nombre es Josh. También hablé con el padre, John Brigham, por teléfono. No tenía claro los arreglos, dado que somos un condominio para mayores de cincuenta años. Josh es, obviamente, mucho más joven. Su nombre tampoco figura en los formularios como propietario. —No hay que preocuparse, Rachel. Todo se ha solucionado. —¿Qué significa eso? —Significa que no te preocupes —repitió Charles. ¿Qué estaba pasando? Dos hombres en un corto período de tiempo le estaban diciendo que no se preocupara por los detalles de esa unidad. ¿Qué tenían de especial los Brigham? —No entiendo el secretismo que rodea a esta unidad. —No hay ningún secreto, Rachel. El señor Brigham llegará pronto a la ciudad. Josh trasladará a su padre a la unidad. Fin de la historia. —Bueno, está bien —aceptó ella. Pero no creía que ese fuera el final de la historia. Había algo sospechoso en todo eso. A Rachel le pareció especialmente extraño que alguien comprara una unidad en la que se había cometido un asesinato, sobre todo cuando había otras unidades disponibles. La ley exigía que se informara a los posibles compradores. ¿Quién querría una vivienda en la que se había cometido un asesinato, un asesinato espantoso, nada menos? A no ser que fuera un funerario o Stephen King.
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