Diego La fatiga pesaba en cada músculo de mi cuerpo, como una carga que se acumulaba con cada paso. En ese momento, me vi enfrentando una tortura interna, y la única salida era dejar atrás el manto del orgullo que me envolvía. Con cada respiración entrecortada, decidí sumergirme en la vulnerabilidad y pedir disculpas. El aire parecía más denso mientras pronunciaba las palabras que resonaban con sinceridad. —Sé que hice mal, papá—. Una pausa siguió, y su risa, aunque ligera, se me antojó como un eco que resaltaba la dificultad de mi confesión. Este ser al que llamaba padre se revelaba ante mí, un hombre cuyo corazón parecía distante y ajeno. Mis palabras continuaron, deslizándose entre la tensión del momento —Esto no es lo mío, quiero volver a la facultad. No soportaba seguir siendo

