Contaba las propinas, y de repente, como si el cielo lo hubiera planeado, llegaron justo a tiempo para el regalo de Flor; incluso tenía dinero de más. Al llegar a casa, agotada, ni siquiera tuve la energía para desvestirme y me dejé caer en la cama. — Paloma, despierta — Florencia golpeaba mi cabeza Un sonoro bostezo escapó de mis labios, resonando en la habitación. — Es tu día libre. Se aprendió mis horarios mejor que yo. — Sí, quiero dormir mucho — la tiré a la cama conmigo. — Sabes que es el sábado que viene. — Sábado — bromee. — Además — insistió. — No hay escuela. — No — ya se estaba enojando la Ferrersita. — Tu cumpleaños, obvio que me acuerdo, mi amor, y te compraré un regalo precioso — le besé la cara. — ¿De verdad? — Sí — la usé de almohada y seguí durmiendo. [...]

