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ROBANDO SUEÑOS I. La Princesa y el Marchant

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Descripción

Miranda Villemont es la hija perfecta, la estudiante perfecta y tiene también la vida perfecta. Su madre es dueña de una revista de modas, sus abuelos viven en una hermosa casa de campo y cuando no se encuentra leyendo en compañía de su gato Poker, se encuentra riendo junto a su prima Kate.

Es sobre todas las cosas, una princesa soñadora. Sueña con el príncipe que algún día llegará a su vida para amarla de manera incondicional. Su vida cambia cuando un día un extraño joven se le presenta bajo el enorme árbol de su colegio. Él habla sobre un tal "Marchant". ¿A qué se refiere ...?

A partir de ese momento, Miranda cae muy enferma y en sus sueños aparece un hermoso hombre vestido de n***o junto a un cuervo.

Ian Marchant, un onirifago, la observa secretamente durante las noches. Él es el hombre y el cuervo. Es una criatura nocturna que se encuentra secretamente enamorado de la humana.

Quizá es tiempo para que la pequeña gran Villemont comience a creer en la magia y en las criaturas de la noche que habitan entre nosotros.

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LA PRINCESA VILLEMONT
Miranda Villemont se encontraba en su recámara leyendo uno de sus libros favoritos, regalo de su tía Caroline, mismo que había recibido dos días atrás por medio del servicio postal. Cuando se ponía a leer era muy difícil sacarla de su concentración, sin embargo un estruendo proveniente del piso inferior le hizo volver a la realidad. Sonrió y continuó leyendo hasta que el alboroto se hizo aún más intenso. Nuevamente regresó de golpe al presente. El estruendo de unos trastes al caer se coló por la puerta ligeramente entreabierta de su habitación. Alguien parecía estar en aprietos. Con algo de pesadez abandonó el ejemplar sobre la mesita de noche, se incorporó y salió dispuesta a brindar su ayuda a cualquiera que se encontrara en problemas, poco importaba si se trataba de alguno de sus empleados, se caracterizaba por ser una persona amable en toda circunstancia. –¡Ese gato! –Se quejó Charlène Villemont en cuanto la vio–. No se cansa de hacer travesuras, es la segunda vez que interrumpe mis actividades diarias. –Mère, es sólo un gatito, ¿qué tanto puede hacer? –¡Por favor! Esto es lo que puede hacer tu inocente y pequeño felino –exclamó señalando un montón de cucharas, tenedores y demás utensilios de cocina esparcidos por todo el lugar. Miranda no pudo evitar reír, no era solamente la situación lo que le resultó graciosa sino la expresión desesperada de su guapa y joven madre. Charlène Villemont de 41 años -cuyo apellido de soltera era Bethencourt- con la ropa adecuada solía aparentar menos edad. Era bella, esbelta, con una expresión de total seriedad a la hora de tratar a la gente, casi fría. Hija de una familia poderosa, en su adolescencia se enamoró perdidamente de un apuesto capitán que la dejó viuda cuando la pequeña Miranda contaba con escazas cinco primaveras. A partir de entonces trabajó sin descanso para mantener en pie la empresa familiar: una revista de moda, la más importante de París. Como toda mujer madura y responsable, exigía demasiado esmero a sus empleados, lo que solía significar cero errores y sólo perfección. Aquella mañana la empleada doméstica salió a adquirir la compra del día y la señora del hogar hizo el intento de servirse un café, mas lo que logró fue formar una lluvia de cubiertos. ¿Lo más fácil? Echarle la culpa al gato. –Me pregunto qué pasaría si tus admiradores te viesen así –comentó divertida la adolescente sin dejar de reír. –Deja de burlarte –sonrió su madre con expresión cansina pensando que la revista iría a la quiebra si algo así acaparara las portadas–. Supongo que no resulto tan buena en la cocina como cabría esperar, aunque no debemos olvidar que una dama no sabe nada sobre el arte culinaria, para eso existen los chefs. Miranda movió la cabeza de lado a lado, luego avanzó hasta la cafetera y abrió la alacena en busca del polvo para prepararlo. –¿Cómo eres tan buena? –Preguntó Charlène al observar la facilidad con la que su hija comenzó a preparar la bebida –. Parece tener su grado de dificultad, al menos eso pienso y. –Pero no lo tiene. Hay ocasiones en que bajo a prepararme algo, siempre es igual, con el tiempo todo se facilita, por ahí dicen que la práctica hace al maestro. Al parecer es cierto. –Sabes que me disgusta –comentó aceptando la humeante taza una vez que la chica finalizó su tarea, lo cual ocurrió minutos más tarde–. Tenemos personal pagado especialmente para ello, no tienes por qué hacerlo tú sola, me he cansado de repetirlo. –Me gusta, no tengo por qué cambiar una actividad que disfruto. –He dado la orden explícita de que te cuiden, no puedo permitir que tú misma seas la sirvienta del hogar. –Me cuidan –sonrió Miranda–, soy yo la que no quiere ser una holgazana. ¿Te gustaría verme como alguna de mis compañeras que se desvelan y hacen desbarajustes? Sonríe y déjame ser como soy, mère. Sin poder añadir algo que pudiese debatir aquel argumento, Charlène dio un gran sorbo a su café, prefería quedarse callada antes que prolongar una discusión en la que su hija tenía todas las de ganar. –Nunca cambiarás, Miranda, ese tipo de actitud está fuera de mis manos. –Es una de esas pocas cosas –le guiñó el ojo con expresión divertida–. ¿No lo cree así, señora perfecta? –Si te refieres a la revista sólo hago lo que un buen líder debe hacer. Sólo pido que todos y cada uno de mis empleados me demuestre que merece el puesto. Tú deberás hacerlo en algún momento. –Temo fallar –suspiró con la barbilla apoyada en una de sus manos–. Tú sabes que es de humanos errar. –De humanos, no de una Villemont –sentenció su madre–. Eres la niña de mis ojos, todo lo que haces es perfecto, incluso este café. –Tiene amor, mamá. El amor es el elemento que mejora todo. –¿De verdad? –preguntó mirando la taza lindamente decorada como si tratara de encontrar algún mecanismo oculto en ella–. No sabía que lo vendieran en el centro comercial, recuérdale a Claire comprar más. Miranda rio. –¿Quieres ver la nueva portada? Es para la próxima edición, saldrá la semana entrante. –Seguro –aceptó tomando el ejemplar que le ofreció su madre. Era como una de las tantas revistas existentes en el mercado, en aquella portada una modelo sonreía desde el centro con un bolso lleno de maquillaje en mano. –Es muy linda –comentó tras varios segundos de observación–. Me gusta su cabello, lo tiene lindo, largo y realmente cuidado. –Aún falta hacerle ciertas correcciones al contenido, si se ponen a trabajar con el doble de esfuerzo posiblemente la tendremos completa en la fecha planeada. Aunque aún nos falta un artículo, con Beatrice enferma no tenemos quién redacte algo nuevo, y es posible que terminemos sin hacer nada para llenar el espacio. –¿Por qué no hablan de algo distinto? No sé, quizá sobre los derechos de los animales, por ejemplo. Pienso que ese podría ser un tema interesante. –Miranda, estamos hablando de una revista de moda. Nuestra revista muestra cosas relacionadas con la belleza femenina y lo maravilloso que resulta el ser mujer. –Hay mucha ropa que se fabrica con la piel de diversos animales y maquillajes que se prueban en ellos sin el control médico adecuado llegando a ocasionar su muerte. –Es un buen tema, debo admitirlo, sin embargo, me temo que no es viable. No es un tema de interés para nuestras lectoras. Lo siento, así es el negocio y algún día deberás aprender a sobrellevarlo anteponiendo el éxito antes de tu pensamiento. Aquí no importa lo que tú quieres, sólo lo que el lector desea. –Mère –suspiró la joven en un intento de calmarse, no valía la pena discutir con la mujer. Su madre no era mala persona, pero a veces se dejaba llevar por el ritmo de la vida, por los problemas y la necesidad de dinero como cualquier humano lo haría–, cuando el tiempo llegue sabré llevar las riendas del negocio, confía en mí. Papá lo haría. Los ojos verdes de Charlène se posaron en los mieles de su hija, mezcla de los suyos con los negros de Amedeo Villemont, el gran amor de su vida. La joven también le miró, su rostro blanco como muñeca de porcelana digna de colección mostraba una angelical sonrisa, su cabello de bucles castaños estaba alborotado. Vestía jeans y una blusa azul. –Amedeo lo haría, ¿sabes por qué? Porque te amaba –Y yo a él, mamá. Mucho más de lo que puedes imaginar. –Lo imagino, créeme. Resultaba imposible no creerle a la bella mujer que durante ocho años no presentó hombre alguno a su hija, pues noche a noche aún miraba la foto de su fallecido esposo repitiendo la pregunta que no cesó de hacerse durante los meses póstumos a su muerte tratando de encontrar una respuesta, alguna explicación que le dijera por qué tenía que estar muerto Amedeo Villemont -sano, honesto y noble- en lugar de otro maleante tras las rejas. –Madame –saludó el mayordomo con expresión solemne, implacablemente vestido de pies a cabeza, desde la puerta–, mademoiselle Fraire ha llamado para decir que la verá en su oficina dentro de 40 minutos. –Gracias, Nicolas. Dile a Alexandra que tenga preparado el informe de mis patrocinados y que Anaïs planche la ropa de gala que dejé en el armario. –Como ordene, madame. –También dile a Claire que riegue el jardín en cuanto vuelva de la compra y, por favor, que Vincent aliste el auto, partiremos al instante. –Vincent ha llevado a Claire al centro comercial, madame. Me temo que le será imposible acompañarle hoy a la oficina. –Bien –aceptó Charlène–. Entonces, yo personalmente le diré a Martin que me lleve. Hoy la señorita no requiere de sus servicios. Nicolas dio una cortés cabezada y salió para hacer lo que su ama ordenó, se caracterizaba por ser el más fiel de los empleados, quien mandaba sobre todos los demás. No en vano ostentaba el título de mayordomo. –Nos vemos, querida. Espero volver a una hora adecuada, de cualquier forma duerme temprano, no quiero que llegues tarde al colegio. –Yo nunca llego tarde. –Como sea, es mi deber recordártelo –Ve tranquila, mère –la calló Miranda–. Quiero ser puntual ya que es mi última semana de clases, ya sabes, tiempo de despedirme de todos mis amigos y decir “hola” a las vacaciones. –Cierto, olvidaba que es tu última semana. Mucha suerte, amor. ¿Puedes decirme cómo me veo? –Hermosa, mamá –rio cogiendo una manzana de la canasta cercana–, como siempre. –Mucho cuidado con eso, quizá Claire no ha desinfectado la fruta. –Lo hace todos los viernes a las cinco de la tarde. –Quizá lo olvidó. –Madre, tienes una cita y puedes llegar tarde –le recordó de forma divertida, no era muy afecta a las correcciones. –Cierto –reaccionó Charlène–. Aurevoir! Je t’aime, fille. –Je t’aime, mère –gritó desde la cocina cuando su madre se perdió de vista, luego mordió la manzana. Aquel domingo no tenía nada que hacer salvo leer el libro de la tía Caroline, y leer le pareció una gran idea. Antes de dirigirse a su habitación se percató de que la nueva portada de la revista seguía sobre la mesa, así que decidió guardarla o de lo contrario podría extraviarse y su madre despediría a toda la servidumbre. Entre mordida y mordida se dirigió a paso lento hacia las escaleras. En el trayecto observó a la radiante modelo que le sonreía desde el papel, súbitamente sintió envidia y se detuvo. No le gustaba su propio cabello, a muchas chicas les encantaba, pero ella hubiese preferido el dorado de su madre al oscuro de Amedeo. Giró la vista hacia la izquierda y dio un gran suspiro al mirar su perfil en el espejo; era bella, pero hubiese escogido ser menos pálida y lucir tan bronceada como Charlène. Quizá más delgada, sin sus voluptuosas curvas ocultas bajo la ropa. Sólo sus ojos le gustaban, cafés. –¿Se le ofrece algo, mademoiselle? –preguntó Nicolas a escasos pasos de la joven. –No, muchas gracias. Creo que pasaré el resto del día en mi habitación. –Quizá le agrade salir al patio con Poker –sugirió señalando al minino color grisáceo que ya saltaba a sus brazos–. Si me permite opinar, creo que está deseoso de jugar con usted, madeoiselle. –Lo sé, es mi gatito hermoso –sonrió–, entonces si deseo salir al jardín más tarde no dudaré en informarte. Puedes retirarte. –Con su permiso. –Te he extrañado mucho, gatito –comentó mientras subía las escaleras llevando a su felino en brazos, acariciando su cabeza y dejando un par de besos en sus orejas–. ¿Qué le has hecho a mamá para que no pudiese preparar un café? Supongo que algo muy divertido –rio con suavidad–. ¿Sabes? La tía Caroline me ha mandado un regalo, ¿qué crees que es? ¡Un libro! Pero si has adivinado, pequeño pícaro. Es un libro muy lindo –añadió abriendo la puerta de su habitación sin dejar de mantener aquella unilateral conversación con su mascota–. Trata de una institutriz que se enamora de su jefe, aún no llego a esa parte, pero naturalmente sé que se enamorarán, la tía Caroline jamás me enviaría un libro anti-romántico. No después de Cumbres Borrascosas –murmuró para sí al tiempo que dejaba a Poker en la cama–. También ha enviado una carta, ¿quieres leerla? Debe estar por aquí. Poker maulló como si en verdad deseara conocer el contenido de aquella carta, luego dio un par de vueltas en lo que su dueña revolvía los papeles del escritorio. En el suelo descansaba la obra completa de Romeo y Julieta, la cual había encontrado explorando en sus cosas viejas y quería volver a leerla porque amaba la tan famosa frase final: “Never was a story more woe than this, of Juliet and her Romeo”. –¡Aquí está! –anunció mostrando en alto un pequeño sobre blanco. Cuando el felino se hubo acomodado a sus pies, ronroneando como sólo los gatos saben hacer, se aclaró la garganta y comenzó a leer en perfecto francés. Querida mía: En estos últimos días he pensado mucho en ti y en Charlène, espero que las cosas entre ustedes vayan bien porque son dos mujeres maravillosas. Como sabrás, la paso en viajes constantes alrededor del mundo y ahora te escribo desde México, un país muy hermoso. Te encantaría estar aquí, pese al clima caluroso es un lugar digno de admirar y su gente es bastante amigable. Lo único malo es que subiré de peso, la comida es tan rica e inusual que no he podido resistirme a comer de todo un poco. Estoy muy emocionada, he encontrado miles de iglesias increíbles con unos acabados en su estructura que en ningún otro lugar se pueden ver. La devoción con que los mexicanos adoran al Señor es sorprendente. Todos deberíamos seguir ese ejemplo. Hablé con tu tío Samuel y prácticamente le obligué a asistir a tu próximo cumpleaños, sinceramente espero que lo haga, cumplirás 17 primaveras y mereces ver a toda la familia reunida. Además, Samuel es el típico mercader al que ni siquiera yo he visto, siempre está hablando de telas, compradores y vendedores. Tu primo Benjamin se acaba de casar, ¿lo sabías? Tu tío me lo contó en la carta pasada, parece ser que su esposa es una linda jovencita que siempre fue su compañera de salón. ¿Sabes cómo se encuentra de salud tu tío Daniel? Lo último que me dijo fue que tenía un catarro terrible que deseé con todo fervor que se le quitara. Kate me pidió un vestido rosa que ya he comprado, ha costado una verdadera fortuna, pero se ha portado tan bien que no he podido negarle ese pequeño lujo a mi sobrina más pequeña. Los extraño mucho, a cada segundo que pasa no dejo de pedirle al Señor que vele por ustedes, que los ángeles los lleven en sus manos y jamás los dejen solos. Sé que pronto los veré y espero ese día con ansia, ya quiero abrazarte y contarte el sin fin de cosas que mis ojos han visto y tomado por hermosas. Lamento que esta carta no sea tan larga como a las que te tengo acostumbrada, pero hay un compromiso para el cual debo arreglarme a la brevedad. Sabes que te mando el abrazo más grande que alguien te pueda dar y los mejores deseos, quiero que triunfes y, sobre todo, que nunca dejes de dar alegría y color a la vida de la familia. No olvides hacer tu oración antes de ir a dormir ni de dar gracias por la mañana antes de ir al colegio. Te llevaré algo de este viaje, quédate tranquila, aunque aún estoy pensando qué puede ser aparte de un libro que ya compré. Te quiere, tu tía. Caroline Bethencourt Miranda suspiró al llegar al término de la carta, miró a su gato que jugueteaba felizmente con una almohada y sonrió. –Eso ha sido todo, ¿qué te parece, Poker? Pegó la carta a su pecho y la dobló cuidadosamente para depositarla en un pequeño cofre de madera lleno de ellas, algunas viejas, otras más recientes, que su familia dispersa alrededor del mundo acostumbraba a mandarle. Era totalmente inconcebible que existiendo tanta tecnología algunas personas, como su tía Caroline o el tío Samuel, prefiriesen ocupar el servicio postal, lo cierto era que la historiadora prefería lo tradicional, al igual que el terco mercader de ascendencia árabe que poseía prósperos negocios en el mar de oriente. Giró el rostro a la derecha y apreció su laptop encendida mostrando el fondo de pantalla de ella abrazada a su prima Kate, ambas vestían elegantemente porque acababan de salir de la pequeña comida en honor a su madre por el nuevo éxito de la revista. Avanzó hasta el aparato y buscó la opción shut down, pues no tenía ganas de navegar en el internet. Buscó el iPod entre las sábanas color melón que vestían la cama hasta que lo encontró y lo conectó al amplificador, era una persona a la que le gustaba escuchar música romántica y antigua. Se detuvo en un tema de Miguel Gallardo, se echó felizmente a la cama y comenzó a leer su amado libro mientras cantaba en voz baja muchachita, uh uh, de ojos tristes. Era una joven feliz, eso se apreciaba a simple vista. Vestía de forma sencilla, pero pulcra, la tela más fina cubría su piel en otoño así como en invierno. Los tules, que ocasionalmente ceñía en forma de banda a su cabeza, eran traídos directamente desde un recóndito lugar de la India o Arabia para esa pequeña princesa de los Villemont. Los despampanantes vestidos que le obligaban a usar en una cena de gala o en la sesión fotográfica para el periódico local eran obsequios de los socios de la revista, amigos íntimos de su madre que siempre la elogiaban, cuidaban y querían. Era de esperar, por todo ello y más, que Miranda Villemont no fuese una persona fácil de tratar, que sus actitudes fueran toscas, indiferentes y orgullosas, anexándole una fina capa de hielo como cubierta en su corazón. Eso se habría de esperar, lo cierto era que aquella joven de cabellos castaños era todo lo contrario. Vivía sólo para dar luz a cuántas personas le rodeasen, disfrutaba de un mundo hecho de caramelo, un caramelo tan exquisito que sus familiares y amigos podían comer de él sin llegar a empalagarse. Sonreía cada vez que la oportunidad se presentaba, cantaba cuando la gente no la veía, reía como pequeña en la soledad de su jardín, hablaba con su gato sobre las cosas que sentía, pasaba mucho tiempo observando el paisaje de su ventana y acompañando a Claire a la hora de regar las plantas. Pocas veces salía con sus amigos, no porque se sintiese excluida, al contrario, era a ella a la que recurrían antes de tomar una decisión, hacer una fiesta sorpresa o salir de paseo. Ella era la que los animaba a seguir, la que los detenía si no le parecía la idea o la que compraba un detalle increíblemente maravilloso para excusar su ausencia. Una a una las canciones pasaron, en inglés, en español, viejas y modernas. Una a una ella las cantó gustosa sin dejar de leer. No sólo era una buena estudiante, dominaba perfectamente el francés -su idioma natal-, español e inglés. Tenía conocimientos básicos del italiano que practicaba cada vez que conversaba vía telefónica con su primo Benjamin, diez años mayor. Leyó hasta que sus ojos dolieron, entonces cerró el ejemplar y tomó a Poker en brazos. –Llegó la hora de ir al jardín.

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